Mi historia comienza en Sabadell, aunque nací en Foix, Francia, en 1972, el menor de cuatro hermanos. Mis padres, como tantos otros en aquellos tiempos, emigraron en busca de trabajo y estabilidad, dejando atrás el lugar de origen que los había visto crecer.

Mi padre cordobés, nacido en la sierra andaluza, y mi madre de Valderrobres, en el corazón del Matarraña aragonés. Ambos se encontraron en Sabadell en los años cincuenta, donde, junto a sus familias, habían llegado en busca de un futuro mejor. Tras casarse y tener a mi hermano mayor, mis padres y mis abuelos maternos decidieron cruzar la frontera hacia Francia. Se instalaron en Foix, en la región de Midi-Pyrénées, y fue allí donde nacimos mis otros dos hermanos y yo, el pequeño de la familia. A pesar de que Francia se convirtió en nuestro hogar, todos los veranos regresábamos a Valderrobres «ningún lugar es como el pueblo», y creo que eso mismo fue lo que, de algún modo, nos transmitieron a todos.

En casa, teníamos un mundo único, hecho de recuerdos de Córdoba, Valderrobres y Foix. Mi padre, con su acento y su hablar pausado, nos hablaba en un castellano andaluz, lleno de expresiones y dichos que sonaban familiares, aunque a veces difíciles de entender.

Mi madre, en cambio, nos hablaba en Chapurriàu, su lengua materna, aprendida de mis abuelos y siempre presente en nuestra vida cotidiana. Para nosotros, el Chapurriàu no era simplemente el idioma de mi madre; era una parte esencial del hogar y una forma de expresar lo que somos y sentimos. Cada palabra de Chapurriàu era un vínculo con el Matarraña y con los veranos en Valderrobres, donde pasábamos días rodeados de familia y de historias. Fuera de casa, el francés era nuestro idioma diario, el de la escuela y de los amigos. Cambiar entre el castellano, el Chapurriàu y el francés era tan natural como respirar. Nuestras conversaciones en casa se llenaban de los tres idiomas; pasábamos de uno a otro sin pensar. En este torbellino de palabras, creamos un lenguaje propio que era exclusivo de nuestra familia, reflejo de todas las tierras y tradiciones que llevábamos dentro.

En Francia, a veces éramos conocidos como «les Espagnols» para los vecinos, y cuando volvíamos a Valderrobres o a Córdoba, éramos «los franceses». Pero nunca me ha molestado. Soy todo eso a la vez, y mis padres y mis abuelos me enseñaron a sentirme en casa donde fuera. Crecí siendo parte de una mezcla que no todos comprenden, pero que me hace sentir orgulloso. Mis abuelos, siempre hablando del valor de la tierra y de la familia, me enseñaron que ser de Valderrobres es algo que va mucho más allá de la distancia.

Mis padres siempre regresando a España, pero no a Sabadell ni a Córdoba; volvían a Valderrobres, el pueblo de mi madre y de mis abuelos, a ese rincón donde cada verano volvíamos. Y aunque yo sigo en Francia, regreso cada vez que puedo, manteniendo viva esa conexión.

Ahora, cuando hablo con mis hijas, me doy cuenta de que les intento transmitir ese mismo mosaico de culturas y lenguas. Les enseño que el idioma no es solo una forma de comunicación, sino un puente hacia quienes somos y hacia las historias de quienes nos precedieron.

Soy fruto de varias tierras y lenguas, de historias de emigración y esfuerzo, y sé que en cada palabra que pronuncio llevo un pedazo de cada una.

Henri de Tapia Arbiol. París. El mundo del chapurriau