Ser veterinario en el medio rural es hoy una tarea cada vez más difícil, y no solo por la exigencia técnica de la profesión. El problema es más profundo: el campo se vacía, las explotaciones ganaderas disminuyen, la población envejece y, con ella, desaparece también el relevo generacional que sostiene buena parte de la vida rural. En ese contexto, el veterinario deja de ser únicamente un profesional sanitario para convertirse en un garante silencioso de la continuidad del territorio.
La despoblación rural no afecta solo a escuelas, comercios o centros de salud. También golpea a la sanidad animal y a la estructura productiva que la sostiene. Menos ganadería implica menos trabajo, sí, pero también más distancia entre explotaciones, más tiempo de desplazamiento y más dificultad para organizar guardias, urgencias y atención continuada. El resultado es una profesión marcada por jornadas largas, alta exigencia física y una conciliación casi imposible.
A ello se suma una paradoja preocupante: España forma muchos veterinarios, pero no consigue retenerlos en el campo. Las zonas rurales ofrecen peores condiciones laborales que la ciudad, menor atractivo económico y una percepción social cada vez más difusa del valor estratégico de esta profesión. Mientras tanto, en otros países europeos se están ensayando fórmulas más decididas: incentivos económicos, ayudas a la instalación, programas de apoyo durante la formación y medidas específicas para atraer profesionales a áreas remotas.
La diferencia entre España y Europa no es solo administrativa, sino de enfoque. En buena parte del continente se entiende que la falta de veterinarios rurales no es un problema menor, sino una cuestión de sanidad animal, salud pública, bienestar animal y sostenibilidad del sector primario. En España, en cambio, el debate suele llegar tarde y acompañado de normas cada vez más restrictivas, más burocracia y menos incentivos reales para quedarse.
Si no se corrige esta deriva, el coste no lo pagará solo el veterinario. Lo pagará el ganadero, el pueblo y, en último término, todo el sistema alimentario. Defender la veterinaria rural no es defender un oficio del pasado, sino proteger una pieza esencial del futuro del medio rural.
Eduardo Alcutén. CHA / Montalbán

