En la carrera de la vida todos quieren llegar tarde a la meta. La razón: que el premio es dejar de existir.

Además, se suele llegar «tocado», deteriorado, a veces cansado y con dolores por todas partes del cuerpo a causa de la inflamación y el desgaste natural de las piezas de que está hecha la materia viva.

Otras veces, por el efecto secundario de los propios medicamentos que tomé para detener otras dolencias, e incluso por la ingesta de sustancias otrora valoradas como saludables y necesarias, caso del azúcar, ahora considerada poco menos que «veneno para el organismo», pese a ser tan dulce.

El caso es que el destino ha querido que viva los últimos años de mi vida en la bruma.

Es decir, con una sensación visual que sugiere relatos literarios y valores estéticos, pero ajenos a la realidad pictórica mediterránea de un Joaquín Sorolla luminoso, de pinceladas de contornos nítidos y rotundos.

Lo mío es ver las cosas tras un cristal esmerilado, como algunas imágenes que sirven para diagnosticar los radiólogos ciertas patologías.

«Quai de brumes» es una gran película francesa de 1938, dirigida por Marcel Carné, que recibe su título de que la historia de realismo poético que cuenta transcurre en un puerto que aparece siempre bajo la niebla.

Es famosa también la niebla («puré de guisantes» le decían) de las películas en blanco y negro que transcurrían en Londres, filmadas en los años medios del siglo XX.

Y en mi actividad cinematográfica en el equipo de dirección me tocó más de una vez llenar decorados, sobre todo los cafés, de humo, para lograr ese ambiente sin definición en que se ha convertido ahora mi visión, porque así la fotografía tenía una especial calidad al recoger el humo de una forma sutil la luz de los focos.

Ante mi desgracia, tengo que «sacar de la necesidad virtud», y ser consciente de que habito un ambiente diferente al que lo hacen los otros que viven mi mismo momento y escenario.

Mi defecto macular es el filtro con el que suavizo la imagen que contemplo, dándole un aspecto único y personal.

Y me acuerdo de Basilio, el vendedor de «iguales» de la ONCE del barrio de Palacio, con el que durante años me he encontrado casi todos los días en la barra de la Cafetería Astoria de la madrileña Plaza de Santo Domingo, atendidos por Jorge y Lito, en la confluencia de las calles Bola, Torija y Leganitos, donde él vive.

Basilio perdió la vista poco a poco, hasta la ceguera total, y era curioso cómo recordábamos con pelos y señales calles y personas de su pueblo natal, Talamanca del Jarama, que yo conozco porque en su Cartuja he trabajado en el rodaje de varias películas, como El Buscón o Réquiem por un campesino español.

Espero tener más suerte que Basilio y no perder la vista totalmente. Quedarme (ya que no hay más remedio) en esta visión brumosa de las cosas que miro. Como ven, y les sirven para diagnosticar, los radiólogos ciertas patologías.

El pasado día 5 de enero de 2026 cumplí 81 años. Todo esto que he contado son «gajes del oficio» de envejecer.

Alejo Lorén