He cambiado de piso otra vez. Ya van cuatro mudanzas. Cuatro. Con cajas que nunca terminas de vaciar del todo y esa sensación de provisionalidad constante, como si tu vida estuviera siempre «en tránsito». Con 36 años ni siquiera sé dónde voy a vivir dentro de unos meses, ni dónde voy (como se dice vulgarmente) a echar raíces.

Y claro, aunque intentes esquivarlo, aparece el pensamiento incómodo: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Hace apenas unas décadas, con mi edad, mis padres ya tenían dos hijas, una casa comprada y un trabajo fijo que les permitía vivir con cierta tranquilidad. Hoy lo único que tengo en propiedad son dos gatos y un coche de 14 años algo achacoso. No es drama, es contexto. Y muchos de los que lean esto sabrán exactamente de qué hablo.

Vivir en una casa digna se ha convertido en un lujo en España. Nunca he comprado, así que hablo desde la experiencia constante del alquiler. Hace no tanto podías permitirte un piso normal por la mitad de lo que cuesta ahora. Hoy, la mayoría que no tiene unos ingresos muy boyantes se ve obligada a compartir. Con 20, 30, y cada vez más personas, con más de 40.

Y no parece que esto vaya a mejorar pronto. Los precios siguen subiendo sin freno. En varias comunidades las subidas superan el 10%. Madrid y Barcelona se llevan la palma. Mientras tanto, la compra de vivienda marca récords, pero la oferta sigue siendo insuficiente. Resultado: más presión, más competencia y menos margen para quienes llegan los últimos.

Un estudio reciente destaca que solo 1 de cada 10 viviendas vendidas en 2025 fue comprada por personas jóvenes. La falta de ahorro y la necesidad de una entrada inicial elevada son barreras clave. La edad media para comprar una casa en España es de 41 años, de las más altas de la Unión Europea.

Y así se crea una cadena de infortunios que parece no tener fin. Entre los elevados precios y la poca oferta de vivienda, sumados a los sueldos bajos, la emancipación juvenil se ha hecho casi imposible. Según otro análisis, la salida de los jóvenes de su hogar parental se ha retrasado considerablemente: España también está muy por debajo de la media europea en capacidad de emanciparse antes de los 30.

La libertad se paga muy cara.

Nos dijeron que estudiáramos, que trabajáramos duro, que el esfuerzo tendría recompensa. Lo hicimos. Y aquí estamos, mudanza tras mudanza, pagando cada vez más por menos espacio. Revisar ofertas de pisos de alquiler o en venta en algunas plataformas online es un proceso triste y desesperanzador.

No se trata de nostalgia, ni de idealizar el pasado. Se trata de asumir que algo no está funcionando. Esta es mi reivindicación de hoy. Una generación que no puede permitirse un hogar es una generación en pausa. Y una sociedad que obliga a vivir en modo provisional a una gran mayoría no está avanzando: está retrasando su propio futuro.

Laura Quílez