A riesgo de parecer poco original, quiero hablar hoy de una película que ocupa las carteleras de media España. O, mejor dicho, de alguien que aparece en ella y que desde hace tiempo ha dejado de ser un desconocido para muchos. Sin duda, me refiero a Guitarricadelafuente. Un artista cuya voz que parece venir de lejos, aunque uno tenga la sensación de haberla escuchado toda la vida.

Hace ahora seis años tuve la suerte de entrevistar a Álvaro para este mismo periódico durante su visita a Alcañiz. La pandemia, que hoy parece lejana, todavía lo ocupaba casi todo. La cultura intentaba abrirse paso a medio gas y cada concierto tenía algo de pequeña resistencia. Pero en realidad no recuerdo tanto la entrevista, sino esa noche de verano en el Anfiteatro Pui Pinos.

Sobre el escenario, una silla austera, cinco botijos blancos, una guitarra, él y su equipo. No hacía falta más. En el aire flotaba su voz, y con ella una emoción difícil de definir: recuerdos, raíces, cierta nostalgia y el cariño por una tierra que compartimos con ternura como si fuera un cuscurro de pan.

Estrenaba por aquel entonces ‘La Filipina’. Una canción que ha sonado mucho también en estas fechas, porque menta a nuestra querida Virgen del Pilar. Y ahora su música se cuela en cines de todo el mundo, en festivales y, por supuesto, en el escaparate infinito de las redes sociales.

Pero si algo queda claro en ‘La bola negra’ es que el cine, como la música, está hecho también de silencios. De lo que se dice y de lo que apenas se insinúa. De unas manos que se contienen, de unas lágrimas que se quedan prendidas en las pestañas, de un ceño que se frunce cuando las palabras no alcanzan. Y ahí está Guitarrica, cada vez más reconocible para quienes lo miran, sin dejar de ser aquel muchacho que se sentaba frente a nosotros con una guitarra.

Y, si todavía queda alguien sobre la faz de la tierra que no haya escuchado al artista, permitidme una última recomendación: buscad su sesión en Tiny Desk. Poneos los cascos y escuchad sin hacer ninguna otra cosa. Prometo que merece la pena.

Alicia Martín