Hace unos años escribí un artículo titulado «Cuesta de enero, repecho de septiembre». Lo cierto es que este mes —poco simpático, a pesar de ser el de nuestras fiestas patronales— nos recuerda que el periodo estival ya ha quedado atrás. Y, según el uso o abuso que le hayamos dado a nuestras cuentas, nos topamos con unos gastos que, aunque esperados, siempre llegan a destiempo.
Este año, a los gastos habituales —el inicio del colegio, matrículas, actividades extraescolares o el alquiler de pisos para quienes no vivimos en una ciudad universitaria (un sobrecoste y un agravio comparativo que siempre me gusta poner sobre la mesa)—, se le suman aquellos que nos aplican desde el Gobierno central. Nos los van colando como la tortura de la gota china: despacio, sin prisa, pero con una efectividad brutal.
Ahí está la energía eléctrica, que este año, tras la subida de temperaturas y el uso intensivo del aire acondicionado, nos ha dado sustos rozando el infarto. O el gasoil, que se ha puesto más caro que un combinado y que necesitamos en infinidad de ocasiones para ir a trabajar; ha llegado a rozar los dos euros y, en algunos momentos del verano, incluso los ha superado. Y ya ni hablo del gasoil agrícola, mientras el IPC ronda casi el 5 %. ¿Alguien da más?
Es una verdadera atrocidad económica. La mayoría de las familias tienen que hacer ingeniería financiera o directamente magia, sacando de donde se puede y de donde no, mientras que, al igual que en los casinos, la banca siempre acaba ganando.
Eso sí, nos mantendrán entretenidos con noticias mediáticas meticulosamente filtradas para distraer a la opinión pública y evitar que fijemos la mirada en los desatinos a los que ya nos tiene acostumbrados el presidente del Gobierno.
En definitiva, como decía al principio, un mes bastante complicado. Un momento en el que la depresión postvacacional se solapa con la otoñal, dejándonos el ánimo bajo mínimos.
José Miguel Celma. PP / Torrecilla de Alcañiz

