Hace pocos días se han terminado las fiestas patronales y, después de muchos años, en Alcañiz han coincidido carreras y fiestas. Y quizá no sea casualidad que el regreso de las carreras haya despertado recuerdos de una ciudad que, durante muchos años, supo convertir el ruido de los motores en una de sus señas de identidad.
Como antaño, cuando se celebraba el Premio Ciudad de Alcañiz en el circuito Guadalope, un trazado que discurría por las propias calles de nuestra ciudad y que marcaba el comienzo de unos días de actividad, encuentro y fiesta.
Todavía recuerdo la algarabía del bar Las Peñas cuando los voluntarios comenzaban a montar el circuito. Y recuerdo también cómo, al terminar la carrera del domingo, aquellos mismos voluntarios corrían a desmontar las vallas para causar las menores molestias posibles a sus paisanos. Había competición, sí, pero también había una ciudad que colaboraba, participaba y hacía suyo el acontecimiento. Pero Alcañiz es mucho más.
Un visitante que llegue desde la avenida Aragón por Felipe Malandía —General Cebollino para nuestros mayores— hasta Blasco —la antigua calle del Trinquete— y entre por el pasaje de la Muralla —vestigio de época medieval— llegará a la plaza del Mercado. Allí encontrará la impresionante Excolegiata de Santa María la Mayor. Quizá alguno recuerde aquel famoso refresco de naranja y de limón. Porque los edificios, como las personas, están llenos de recuerdos.
Si dirige después la mirada hacia la izquierda encontrará nuestro magnífico Ayuntamiento y la Lonja, formando una de las plazas más hermosas de Aragón: la plaza de España.
Y si presta atención descubrirá que tanto en el Ayuntamiento como en la Excolegiata aparece el escudo de nuestra ciudad. En el primero ocupa un lugar más prominente, pero también en la iglesia, en posición central, está presente nuestro símbolo. No es un detalle menor.
Los símbolos de una ciudad hablan de ella incluso cuando nadie los explica. Y quizá nosotros, que los vemos todos los días, hemos dejado de mirarlos. Algo parecido ocurre cuando comienzan las fiestas. El acto solemne de la presentación de las reinas, representantes de nuestras asociaciones y de la riqueza de nuestro tejido social, da paso al consistorio, que sale del Ayuntamiento al sonido de las trompetas con nuestra bandera bajo mazas, privilegio real, y coronada por una rama de pino, símbolo de la tenencia de la tierra y del territorio municipal.
Los reposteros que cuelgan de las ventanas evocan aquellos antiguos pendones medievales que precedían a los alcañizanos cuando acudían a la llamada de sus reyes. Todo parece formar parte de un ceremonial festivo. Pero, en realidad, estamos contemplando la memoria de la ciudad.
A veces olvidamos lo especial de nuestras costumbres precisamente porque las tenemos demasiado cerca. Pensemos en los toros de fuego que para nosotros forman parte de la normalidad y, precisamente por eso, no apreciamos su singularidad.
Algo parecido sucede con nuestro patrón, el Ángel Custodio, cuya tradición procede de la figura del Ángel Custodio de la Ciudad y del Reino en los territorios de la Corona de Aragón, concebido como protector colectivo del territorio.
Detrás de estos símbolos existe una historia que habla de protección, de ciudad y de pertenencia.
Porque los símbolos no son adornos. Son formas de decir quiénes somos. Todos contribuyen a construir el relato colectivo que nos permite sentirnos parte de un lugar.
Por eso conservar una ciudad no consiste únicamente en conservar sus edificios. También consiste en conservar sus significados. Explicar a quienes vienen detrás por qué nuestra bandera desfila bajo mazas, qué representa la rama de pino, de dónde viene nuestro Ángel Custodio, por qué corren toros de fuego o qué historia se esconde detrás de nuestras calles.
Porque conservar no es repetir. Conservar es comprender, valorar y transmitir.
Detrás de una carrera hay una historia. Detrás de una bandera hay una historia. Detrás de un escudo hay una historia. Y detrás de cada uno de esos símbolos estamos nosotros: los que estuvimos, los que estamos y los que estarán. Porque quizá una ciudad siga viva precisamente cuando sus símbolos todavía son capaces de contarnos quiénes somos.
Alberto Quílez


y por qué se borraron los mártires tallados en la iglesia??? eso no era historia??? o la historia es selectiva???