Estamos de resaca. Se acabó la Semana Santa, se recogen las túnicas, los tambores, las mantillas, los trajes de baturra… Alcañiz y el Bajo Aragón vuelven a recuperar el pulso cotidiano. Los alcañizanos ausentes regresan a sus hogares, pero no se podían perder la tradición con más arraigo alcañizano. No obstante, este pueblo tiene una virtud: el día del Voto.
Quince días después del domingo de Resurrección, los alcañizanos subimos al Santuario de la Virgen de Pueyos a darle gracias por el beneficio del agua —este año muy abundante— y en ese momento también regresan alcañizanos y alcañizanas para entrar en la quinta de Pueyos. Durante un año, la convivencia, la camaradería y el sentido de pertenencia brillan en los corazones. Todos oímos a los mayores hablar maravillas de esa experiencia enriquecedora que ningún pueblo posee más que el nuestro.
Y junto a tradiciones arraigadas desde hace siglos aparecen otras más nuevas, más recientes, pero no por eso menos intensas. El Día de San Jorge y la celebración del Vencimiento del Dragón es un ejemplo de ellas. Los de mi generación ya hemos crecido con ella y les relatamos a nuestros hijos el acontecimiento que ellos observan con ojos asombrados. Las tradiciones son un nexo de unión entre generaciones.
Se transmiten de padres a hijos, pero el papel más importante de esa transmisión se lo llevan los abuelos. Esos abuelos que están ahí ayudando y acogiendo a sus nietos con esa sabiduría que solo la edad y la paciencia generan.
Quizá por eso las tradiciones no son simplemente actos que se repiten cada año. Son algo mucho más profundo. Son una forma de recordar quiénes somos, de dónde venimos y funcionan como anclas. Nos conectan con un tiempo más largo que nuestra propia vida.
Hay quien piensa que las tradiciones son algo antiguo, casi un residuo del pasado que la modernidad terminará por borrar. Pero ocurre justo lo contrario. Las tradiciones sobreviven porque se adaptan, porque cada generación las vuelve a vivir a su manera. No son una fotografía inmóvil del pasado, sino una conversación continua entre lo que fuimos y lo que somos.
Por eso resulta tan emocionante ver cómo los niños observan con curiosidad aquello que para los mayores resulta cotidiano. Ellos ven los gestos con ojos nuevos: el sonido de los tambores, el silencio de una procesión, el bullicio de la subida a Pueyos o la épica teatral del dragón vencido. Para ellos todo es descubrimiento.
Y, sin darse cuenta, están empezando a formar parte de una historia colectiva que un día también contarán.
Las tradiciones, en el fondo, son eso: historias compartidas. Pequeños rituales que se repiten año tras año y que van tejiendo una identidad común. Nos permiten reconocernos como comunidad, sentir que pertenecemos a un lugar concreto, con sus símbolos, sus gestos y su memoria.
En Alcañiz, como en tantos pueblos del Bajo Aragón, la tradición no es una reliquia. Es una forma de vida. Se manifiesta en las fiestas, en los encuentros, en la manera de relacionarnos con los demás.
Y quizá ahí radique su verdadero valor: en recordarnos que una comunidad no se construye solo con calles o edificios, sino con recuerdos compartidos. Cuando pasan los días grandes y llega esta especie de resaca emocional que queda después de las celebraciones, uno entiende que las tradiciones no terminan cuando se guardan las túnicas o se callan los tambores.
Siguen vivas en la conversación familiar, en la memoria de quienes participaron y en la ilusión de quienes esperan que llegue el próximo año para volver a vivirlas.
Debemos entender que las tradiciones son también futuro. Son la promesa de que, mientras haya alguien dispuesto a subir a Pueyos, a contarle a un niño la historia del dragón o a tocar un tambor con orgullo, Alcañiz seguirá reconociéndose a sí mismo. Y eso, en tiempos inciertos, es algo que vale mucho más de lo que a veces creemos.
Alberto Quílez. *Profesor de la Universidad de Zaragoza y Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis

