¿Cómo ha empezado el incendio? Esta pregunta nos la repetimos mucho cada verano y, sin embargo, habría otra más conveniente e importante: ¿por qué cada vez resulta más difícil apagarlo?

Estos días hemos vuelto a mirar con preocupación hacia Ejulve, La Cerollera o Peñarroya de Tastavins. Centenares de personas desalojadas, miles de hectáreas afectadas y decenas de profesionales dejándose la piel para contener unas llamas que ya no se comportan como lo hacían hace treinta años. Porque los incendios han cambiado. Y nosotros también.

El cambio climático ya no es una predicción, ni mucho menos una ficción. Es una realidad que se mide y que nos afecta cada vez de manera más despiadada. Aragón encadena veranos cada vez más largos, temperaturas más altas y precipitaciones más escasas. Este junio apenas dejó agua en buena parte del territorio y el monte llegó a julio con una sequedad extrema. Cuando coinciden calor, viento y baja humedad, cualquier chispa encuentra el escenario perfecto. Pero sería un error pensar que todo se explica por el clima. También arde porque el territorio ha cambiado.

Hace cincuenta años nuestros montes todavía estaban llenos de actividad. Había agricultores, leñadores, resineros y, sobre todo, pastores. Miles de ovejas recorrían cada día el monte consumiendo matorral, limpiando caminos y reduciendo el combustible vegetal de forma completamente natural. Hoy Aragón ha perdido buena parte de esa ganadería extensiva y muchos pueblos apenas conservan una fracción de la población que tuvieron. Lo llamamos amablemente despoblación, pero quizá deberíamos llamarlo abandono. Y ese abandono crea irremediablemente vulnerabilidad.

A veces hablamos del pastoreo y otras actividades del sector primario únicamente en términos económicos. Nos preguntamos si una explotación es rentable y si merece la pena mantenerla. Sin embargo, pocas veces ponemos precio al servicio ambiental que presta un rebaño. Cada oveja que pasta elimina biomasa que mañana no arderá. Cada pastor que permanece hace una labor preventiva que ningún helicóptero puede sustituir cuando el fuego ya está descontrolado.

La prevención rara vez ocupa portadas, pero los incendios, sí. Es entonces cuando descubrimos que hacen falta más medios, más coordinación y más inversión. Y seguramente sea verdad. Los profesionales que estos días trabajan sin descanso merecen todo el reconocimiento y todos los recursos posibles. Mientras muchos disfrutamos de unos días de descanso, ellos enlazan jornadas interminables respirando humo y expuestos a un enemigo muchas veces imprevisible. Mientras unos vuelven a casa de vacaciones, otros no saben si seguirán teniendo una cuando toda la agonía termine.

Pero tampoco conviene engañarnos. Ningún dispositivo de extinción, por grande que sea, puede resolver en julio y agosto lo que no hemos hecho durante el resto del año. El fuego se combate con aviones y brigadas, pero los grandes incendios se previenen manteniendo vivo el territorio. Y eso significa apostar por actividades económicas como la ganadería extensiva, gestionar nuestros montes, fijar población y asumir que el cambio climático exige políticas mucho más ambiciosas que los discursos de cada verano.

Además, poco se habla del «después». Cuando las llamas se apaguen llegará la parte más difícil. Recuperar el suelo, la biodiversidad, el paisaje y la economía de quienes viven allí. Un bosque tarda unas horas en arder y varias décadas en volver a ser lo que era. Quizá por eso ya no es una cuestión de fuego y humo. El fuego empieza con una chispa, pero las verdaderas causas llevan décadas acumulándose.

Alberto Quílez