Estamos acostumbrados a hablar del Bajo Aragón como si fuera una unidad evidente, casi natural, cuando en realidad es una construcción histórica y cultural que hoy se fragmenta en varias comarcas administrativas. Sin embargo, más allá de los mapas oficiales, existe una realidad compartida que sigue vertebrando este territorio: una forma de vida, una economía, una historia común y, sobre todo, un desafío que atraviesa a todos sus pueblos.

En este contexto, el Bajo Aragón reúne entre 70.000 y 80.000 habitantes en un territorio amplio y diverso, con muy baja densidad de población y marcado por la despoblación. Este factor no solo define su presente, sino que condiciona también su capacidad de adaptación. Sin embargo, reducirlo a un problema demográfico sería simplificar en exceso su realidad. Para entender su presente y su futuro, es necesario analizar su evolución económica y qué lo diferencia de etapas pasadas.

Durante gran parte del siglo XX, el Bajo Aragón fue un territorio esencialmente agrario, donde la agricultura y la ganadería no solo sostenían la economía, sino también la organización social. Cultivos como el olivo, el cereal o el almendro, junto a la ganadería extensiva, configuraban una economía de proximidad, en muchos casos de subsistencia, con un equilibrio más estable entre población y recursos, pueblos vivos y una fuerte cohesión social.

Sin embargo, a partir de los años 60 y 70, este modelo se transformó rápidamente. La industrialización, el crecimiento urbano y las oportunidades laborales en otros lugares provocaron un éxodo rural masivo que vació pueblos y alteró de forma irreversible el equilibrio demográfico del territorio. A partir de ahí, el territorio entró en una dinámica de cambio que aún hoy continúa.

Actualmente, el Bajo Aragón presenta una economía mixta en la que conviven actividades tradicionales con sectores emergentes, aunque con un impacto desigual en el empleo. La agricultura sigue siendo relevante, pero ha perdido su papel como motor laboral. En cambio, la ganadería intensiva, especialmente el porcino, se ha consolidado como uno de los pilares económicos, aportando estabilidad, pero también generando dependencia externa y escasa fijación de población.

La energía, históricamente ligada al carbón en Andorra, vive hoy una etapa de transición hacia las renovables, con oportunidades aún inciertas. La industria mantiene una presencia limitada, mientras que el sector servicios y el turismo, especialmente en el Matarraña y el Maestrazgo, muestran un crecimiento progresivo, aunque todavía desigual y estacional, aportando visibilidad y dinamismo al territorio.

En este escenario, el principal problema sigue siendo la despoblación, una tendencia sostenida durante décadas. No solo hay menos población, sino que además está envejecida, ya que los jóvenes se marchan y muchos no regresan. Esto genera un círculo vicioso: menos habitantes implica menos servicios y, por tanto, menor atractivo para vivir. Pero el problema no es solo de cantidad, sino también de calidad: la pérdida de talento limita la capacidad del territorio para innovar y desarrollarse.

De este modo, el Bajo Aragón se encuentra entre dos modelos: uno tradicional, adaptado al mercado y generador de riqueza, pero con poco impacto social; y otro emergente, basado en el valor añadido, más sostenible, pero aún poco desarrollado. Ninguno de los dos, por sí solo, es suficiente para garantizar nuestro futuro.

Por ello, ese futuro pasa necesariamente por el desarrollo del talento: no solo atraerlo, sino generarlo y retenerlo. Más allá de infraestructuras o ayudas, sin personas comprometidas e innovadoras no hay desarrollo sostenible. La clave está en conectar territorio, educación y tecnología para crear entornos donde vivir, trabajar y emprender sin emigrar. La digitalización y el teletrabajo abren nuevas oportunidades, pero requieren una estrategia clara para aprovecharlas.

El Bajo Aragón no necesita más evidencias. Los problemas están identificados desde hace años. Lo que necesita es acción coordinada, sostenida y con visión de futuro. Esto implica repensar el territorio no como un espacio en declive, sino como un espacio de oportunidad: un lugar donde combinar tradición e innovación y construir un proyecto colectivo. Por tanto, no se trata de volver al pasado, sino de reinterpretarlo, aprovechando el arraigo, la identidad y los recursos naturales junto a nuevas oportunidades.

El Bajo Aragón no está condenado, pero tampoco está garantizado. Su futuro dependerá de las decisiones que se tomen en los próximos años. Seguir como hasta ahora llevará, previsiblemente, a una progresiva pérdida de población y relevancia; apostar por un cambio real puede convertirlo en un ejemplo de transformación territorial.

Entre la memoria de lo que fue y la incertidumbre de lo que puede ser, el Bajo Aragón tiene todavía una ventaja: conoce sus problemas y también sus potencialidades.

La cuestión ya no es qué le pasa al territorio. La cuestión es qué se quiere hacer y ser.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis