Las aulas se cierran y comienza el verano. Nuestros pueblos se van a llenar de gente, de niños y mayores. Unos serán turistas, otros retornan al pueblo de sus mayores. Y el Bajo Aragón tiene mucho que ofrecer. No se trata solo de paz, libertad, divertimento, sino de muchas cosas más. El Bajo Aragón posee un rico patrimonio cultural tanto material como inmaterial.

Los edificios antiguos, castillos, iglesias, ermitas, cárceles, plazas, todos tienen su historia y habría que aprovechar para transmitir este legado a esos niños que, acompañados de sus padres, huyen de las ciudades. Es un tiempo para desconectar, pero también para aprender.

Pero no solo de monumentos, también del rico patrimonio natural que nos rodea: el Parrizal, Les Masmut, el río Pitarque, la Sierra del Maestrazgo, los Órganos de Montoro, la rica geología de los alrededores de Aliaga, el entorno de los pantanos del Bajo Aragón-Caspe, las minas, sus ríos y un largo etcétera. Que no se sienta nadie olvidado si no se le menciona.

No obstante, lo que destaca son sus gentes, sencillas, nobles, leales, que acogen al foráneo con gentileza. Y sus fiestas patronales, donde los pueblos se llenan de color, música y alegría. ¿Alguien se ha preguntado por el verdadero significado de esas fiestas?

Tradicionalmente las gentes trabajaban de sol a sol, principalmente en los campos. En verano tenía lugar el duro trabajo de la siega, todos la acometían con entusiasmo, ya que al terminar les esperaba una recompensa: la fiesta. Era el colofón a un trabajo bien realizado, a una tarea más completada, creaba satisfacción y ganas de celebración.

Era un homenaje a la tierra, a sus frutos que permitían asegurar la alimentación para el invierno. Además, no se olvidaban de algo tan ancestral como la fecundidad, esa fecundidad de la tierra que permitía la subsistencia y que se reflejaba en la figura de reina, reinas, dama o damas de las fiestas. Un homenaje también a la mujer, aunque ahora se haya perdido en el olvido esa connotación.

Es decir, tierra y semilla, mujer y hombre, el yin y yang de la naturaleza, de la permanencia asegurada. Mircea Eliade explicaba que las fiestas tradicionales no eran simples momentos de diversión, sino rituales que conectaban a las comunidades con los ciclos de la naturaleza y con el tiempo de sus antepasados.

Bajo esta perspectiva, las fiestas patronales representan algo más que música, peñas o verbenas. Constituyen una forma de recordar colectivamente que dependemos de la tierra, de las cosechas, del trabajo compartido y de los vínculos que unen a las generaciones.

Tal como señalaba José Ortega y Gasset, el ser humano no se construye aislado, sino en relación con el territorio, la historia y las personas que le rodean. Quizá por eso el verano en el Bajo Aragón tiene un valor que trasciende el descanso. Es una oportunidad para que niños y jóvenes entren en contacto con sus circunstancias más profundas: los lugares de sus abuelos, las historias familiares, los paisajes que explican quiénes somos y de dónde venimos.

Por otro lado, la filósofa Hannah Arendt defendía que una de las principales responsabilidades de los adultos es introducir a los más jóvenes en un mundo que existía antes de ellos y que continuará después. Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos académicos, sino también en entregar un legado cultural, natural y humano.

Cada vez que un abuelo explica una historia familiar, que una familia visita una ermita olvidada o que un niño descubre por primera vez el significado de una fiesta patronal, se está produciendo un acto educativo en el sentido más profundo de la palabra.

Quizá ahí resida una de las mayores riquezas del verano en nuestros pueblos. No solo permite descansar del ritmo acelerado de las ciudades, sino también reconectar con aquello que nos da identidad.

Porque el patrimonio no son únicamente las piedras antiguas, los castillos o los paisajes. El patrimonio son también las historias, las costumbres, los valores y las formas de entender la vida que pasan de una generación a otra. Y si dejamos de transmitirlas, corremos el riesgo de perder mucho más que una tradición: perderíamos una parte de nosotros mismos.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis