El miércoles miramos al cielo y durante un buen rato centramos nuestra atención en contemplar algo que sabíamos que iba a ocurrir y que, sin embargo, seguía produciendo asombro e incertidumbre. La Luna se interpuso entre nosotros y el Sol y, durante unos instantes, aquello que siempre está ahí dejó de verse.
Los eclipses tienen algo fascinante. Mostrarnos algo que no es real como si lo fuese. El Sol no desaparece, no deja de existir. Simplemente, algo se coloca delante. Pensaba en ello mientras observaba el fenómeno. Porque quizá vivimos también tiempos de eclipse, y no precisamente astronómico.
Hace tiempo que me pregunto qué está eclipsando a qué en nuestra política. Si las emociones están tapando a la razón, si la ideología está ocultando las evidencias o si la necesidad de ganar unas elecciones a toda costa ha terminado por esconder algo bastante más importante: comprender lo que nos está pasando.
Solemos decir que el votante actual es cada vez más emocional, incluso sentimental. Puede ser. Votamos con nuestros miedos, esperanzas, enfados, recuerdos e identidades heredadas. Pero quizá deberíamos cambiar la pregunta: ¿es más emocional el votante o lo es la política?
Porque una parte de nuestros dirigentes parece haber aprendido que provocar una emoción resulta más rentable que explicar un problema, indignar es más sencillo que argumentar, crear un enemigo moviliza más que reconocer una contradicción y una frase contundente viaja mucho más rápido que una explicación compleja o el reconocimiento de un error.
Puede ser que en realidad no tengamos ciudadanos cada vez más emocionales, sino políticos cada vez más especializados en emocionarlos. Aunque claro, si esa es su función, puede ser que no deban llamarse políticos.
En el otro extremo aparece la tecnocracia. Los datos, los expertos, los indicadores y los informes. Tampoco querría vivir en una sociedad gobernada exclusivamente desde una hoja de cálculo. Hay decisiones que pertenecen a los valores y no a las estadísticas y ningún algoritmo puede decidir qué entendemos por justicia, dignidad, libertad o igualdad.
Pero entre gobernar desde un Excel y gobernar desde un eslogan debería existir un espacio llamado política. Y es que los datos no pueden decirnos qué sociedad queremos, pero sí deberían ayudarnos a saber si las decisiones que tomamos nos acercan a ella.
Justamente ahí es donde encontramos otro eclipse. Hemos permitido que la identidad política se interponga entre nosotros y la realidad. Antes de valorar una idea necesitamos conocer quién la propone. Una misma medida puede parecernos sensata o disparatada dependiendo de las siglas que la acompañen. Cada vez preguntamos menos «¿funciona?» y más «¿de quién es?». La objetividad queda entonces escondida detrás de nuestras trincheras.
Pero hay otro eclipse que debería preocuparnos todavía más: el presente está eclipsando al futuro. Vivimos pendientes del siguiente escándalo, la siguiente encuesta, la polémica del día y las próximas elecciones mientras cuestiones como el envejecimiento, la despoblación, la inteligencia artificial, la educación, la vivienda, la productividad o la sostenibilidad de nuestros servicios públicos requieren pensar a veinte o treinta años.
Y desde territorios como el nuestro esto debería entenderse especialmente bien. Una comarca no se construye pensando únicamente en las próximas elecciones. Se construye pensando en las próximas generaciones.
Necesitamos una política que dude un poco más, que escuche antes de responder y rectifique cuando sea necesario. Cambiar de opinión ante nuevas evidencias no debería ser considerado una debilidad. En ocasiones es simplemente una demostración de fortaleza y seguridad.
El miércoles ocurrió algo extraordinario y, al mismo tiempo, tremendamente sencillo. La Luna se colocó delante del Sol, pero el Sol nunca dejó de estar allí. Con la realidad nos está ocurriendo exactamente lo mismo. Sigue estando delante de nosotros, pero hemos permitido que la tapen jugando con nuestras emociones y con nuestros ideales.
El eclipse del miércoles duró apenas unos minutos. El otro lleva demasiado tiempo entre nosotros.
Alberto Quílez. Educar en el talento

