Hace unos días apareció una noticia que, cuanto menos, resulta inquietante. David Gross, Premio Nobel de Física, realizaba una advertencia sobre que las probabilidades de que la humanidad viva 50 años más son "muy bajas". Debido a la trayectoria profesional y divulgativa de Gross, en lugar de una simple especulación apocalíptica, hay que señalar que aplica el rigor del método científico a esta aseveración. Sus declaraciones no provienen del pesimismo infundado, sino de extrapolar las leyes que rigen los sistemas físicos al frágil comportamiento de la geopolítica global.

En la física fundamental, las partículas y los sistemas complejos operan bajo leyes de probabilidad. Si introducimos un riesgo repetido a un sistema inestable, el colapso deja de ser una posibilidad remota para convertirse en una certeza matemática. Trasladado a la geopolítica, los líderes mundiales juegan constantemente con riesgos repetidos: tensiones nucleares latentes y el desarrollo desregulado de la inteligencia artificial militar. Cuando sumamos la probabilidad acumulada de que una de estas crisis sistémicas falle en los próximos 50 años, la campana de Gauss de nuestra supervivencia se estrecha peligrosamente.

Durante la Guerra Fría, el mundo vivía bajo el equilibrio del terror, pero existían tratados sólidos que acotaban el comportamiento de los sistemas. Hoy en día, la arquitectura de control de armas se ha erosionado y nos enfrentamos a un sistema multipolar mucho más complejo, impredecible y caótico. La interacción entre superpotencias, sumada a tecnologías disruptivas que operan a velocidades inalcanzables para la diplomacia humana, crea un entorno donde la probabilidad de un error de cálculo crece exponencialmente. Si en el mundo subatómico una perturbación provoca una reacción en cadena, en la geopolítica global, un simple incidente fronterizo o un error algorítmico podrían desencadenar una catástrofe existencial irreversible.

La probabilidad acumulada actúa como un impuesto invisible sobre la existencia humana. Si cada año que pasa desarrollamos un porcentaje pequeño pero real de riesgo de aniquilación nuclear o colapso tecnológico, la posibilidad de superar el medio siglo ilesos se reduce matemáticamente a niveles ínfimos. No es una fatalidad inevitable, pero sí una llamada a entender cómo funciona nuestro entorno. Los sistemas inestables requieren una intervención drástica para estabilizarse, o el colapso está asegurado por pura inercia física.

El diagnóstico de David Gross funciona como un espejo para la civilización. Nos obliga a dejar de lado el optimismo inexplicable y adoptar la humildad del físico que observa las variables de su experimento. Si queremos cambiar el resultado final de la ecuación, debemos modificar urgentemente las variables geopolíticas actuales y reducir los riesgos repetidos antes de que la probabilidad acumulada nos alcance. El futuro, por ahora, sigue siendo una variable dependiente de nuestras acciones presentes.

Y ahora yo me pregunto: ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie? Creo que podemos alterar las variables del sistema desde tres niveles de acción directa: política, comunidad y consumo.

Exigir diplomacia de precisión: votar y apoyar a líderes que prioricen tratados de control de armas, desescalada y regulación tecnológica en lugar de discursos de confrontación militar.

Fiscalizar el desarrollo tecnológico: presionar a los gobiernos para que impongan límites éticos estrictos a la integración de la inteligencia artificial en sistemas de defensa autónomos.

Frenar la polarización de la información: no compartir desinformación o discursos de odio que aumenten la inestabilidad social, ya que los sistemas políticos caóticos son más propensos a tomar decisiones internacionales erráticas.

Redes de apoyo locales: crear y participar en estructuras comunitarias autosuficientes que reduzcan la dependencia absoluta de sistemas globales frágiles.

Presión de mercado: dejar de consumir productos de corporaciones tecnológicas que desarrollen software militar sin transparencia o auditorías éticas.

Sostenibilidad real: reducir la huella de carbono individual, ya que las crisis climáticas actúan como multiplicadores de tensión geopolítica por la escasez de recursos.

En definitiva, luchar por dejar un mundo mejor a nuestros hijos.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis