La historia se mueve como un péndulo. Oscila de un extremo a otro y, en ese vaivén, los pueblos repiten errores que ya sufrieron generaciones anteriores.

Si miramos atrás, observamos, por ejemplo, que en la Atenas clásica, la democracia floreció con fuerza, pero fue minada por la demagogia y la manipulación de las masas. Que en la Revolución Francesa, la exaltación de la soberanía popular, paradójicamente, terminó justificando la concentración del poder en un solo hombre. O que en los años treinta del siglo XX, el hartazgo con las democracias liberales, percibidas como corruptas e ineficaces, abrió la puerta a los totalitarismos. La moderación fue vista como debilidad, y la consecuencia fueron la Alemania nazi y la Rusia comunista.

Sin embargo, la historia también ofrece ejemplos luminosos. Durante la Pax Romana, la Belle Époque o los años de reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, las sociedades disfrutaron de paz social, estabilidad institucional y prosperidad económica. No fue la exaltación de los extremos lo que trajo esos períodos de progreso, sino la búsqueda de equilibrio y la fortaleza de las instituciones.

Hoy vivimos en un extremo. La polarización política y la desconfianza en las instituciones, instigada por el propio gobierno, hace que tengamos la tentación de dejarnos arrastrar hacia el contrario. Pero esa oscilación no haría más que repetir los errores de siempre.

La salida no está en cambiar de radicalismo, sino en recentrar el péndulo. Porque aprender de las lecciones del pasado significa entender que la estabilidad no se construye con furia ni con el conformismo del mal menor, sino con la templanza de quienes saben construir consensos. Porque la libertad no se defiende con gritos ni manipulaciones, sino con instituciones sólidas y ciudadanos responsables. Solo así romperemos el ciclo y abriremos un camino de prosperidad compartida.

Isabel Arnas. PP / Albalate del Arzobispo