Algo cambia cuando uno va cumpliendo años y mira a su abuela de 90. De repente, el tiempo deja de ser una idea abstracta. Ya no es aquello que pasa en el calendario, entre cumpleaños, festividades y estaciones. El tiempo adquiere un rostro, unas manos, una voz que conocemos desde siempre. Y comenzamos a comprender que el tiempo no solo pasa: también se queda.

Mi abuela tiene 90 años. Yo tengo 44. Entre los dos hay casi medio siglo de diferencia, pero cuando estamos juntos esa distancia parece desaparecer. Ella pertenece a un mundo que, en muchos aspectos, ya no existe. Yo vivo en uno que cambia a una velocidad que a veces ni siquiera ella alcanza a imaginar. Y, sin embargo, hay algo que nos une por encima de todas esas diferencias: los recuerdos, el cariño y esa extraña sensación de que el tiempo que hemos compartido nunca ha sido suficiente.

Cuando somos niños creemos que las personas que queremos estarán siempre. Las abuelas parecen eternas. Son una presencia permanente en nuestra infancia, una especie de refugio al que siempre podemos regresar. No pensamos en su edad, ni en el paso de los años. Simplemente están, pero después crecemos y un día nos damos cuenta de que también ellas envejecen. Entonces empezamos a mirar de otra manera.

Miramos sus manos y descubrimos las huellas de una vida entera. Miramos su rostro y vemos historias que no conocimos. Escuchamos una anécdota repetida muchas veces y, en lugar de pensar «otra vez», deseamos que pueda contarla muchas veces más.

Mi abuela ha vivido casi un siglo. Ha visto cambiar las calles, las casas, las costumbres, la manera de comunicarnos y hasta la forma de entender el mundo. Ha conocido tiempos que yo solo puedo imaginar y ha atravesado dificultades que probablemente nunca llegaré a comprender del todo.

Yo, con mis 44 años, creo conocer muchas cosas. Pero cuando la escucho hablar, entiendo que el conocimiento también tiene memoria. Que hay cosas que no se encuentran en los libros ni en internet. Se encuentran en las personas. Por eso, quizá deberíamos preguntar más. Preguntar por cómo era la vida cuando eran jóvenes. Por los lugares donde crecieron. Por las personas que quisieron. Por aquello que les preocupaba. Por aquello que soñaban cuando tenían nuestra edad. Porque llegará un día en que ya no podremos hacerlo. Quizá por eso convenga aprender a estar más presentes.

A veces estamos físicamente con quienes queremos, pero nuestra cabeza está en otra parte: en el trabajo, en las obligaciones, en el teléfono, en lo que tenemos que hacer después. Y mientras tanto, el tiempo pasa delante de nosotros sin que nos demos cuenta.

Una abuela de 90 años y un nieto de 44 representan dos velocidades distintas de la vida. Para uno, el tiempo parece haberse vuelto más valioso porque sabe que queda menos. Para el otro, todavía parece haber mucho por delante. Pero ambos comparten exactamente lo mismo: este instante. No podemos detener el tiempo. No podemos volver atrás ni saber cuánto nos queda. Pero sí podemos decidir cómo vivimos el tiempo que tenemos.

Podemos escuchar un poco más. Abrazar sin motivo. Preguntar. Reírnos de una historia conocida. Sentarnos juntos sin necesidad de llenar el silencio.

Porque quizá el mayor regalo que podemos hacerle a alguien que envejece no sea añadir años a su vida, sino añadir vida a los años que compartimos.

Y quizá, cuando llegue el momento de mirar atrás, descubramos que el tiempo no se mide en años. Se mide en momentos. Y algunos momentos, cuando los vivimos con quienes queremos, consiguen durar para siempre.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis