¿Recordáis aquel juego infantil en el que echábamos a correr a la voz de «a que no me pillas»? Yo recuerdo que hasta nos permitíamos alguna bravuconada cuando veíamos que íbamos con cierta ventaja. En esos momentos nos deteníamos delante de nuestro captor durante unos segundos hasta que éste se aproximaba y entonces salíamos corriendo de nuevo dejándolo con un palmo de narices.

Pues eso mismo parece que ha hecho Puigdemont. Acusado de desobediencia y malversación y, por lo tanto, en busca y captura desde hace 7 años, ha vuelto a España, se ha puesto delante de nosotros, se ha dado un baño de multitudes entre sus adeptos y se ha ido de rositas minutos más tarde humillando al Estado español y a todos los españoles.

¿Y este espectáculo histriónico a la par que esperpéntico nos ha tomado a todos por sorpresa o formaba parte del trato que el PSOE debía asumir para que Illa fuera investido presidente?

En los sistemas de democracia indirecta, los ciudadanos elegimos a nuestros representantes y ellos votan en las instituciones en nuestro nombre. Éticamente, estas votaciones deberían corresponder con lo que en campaña electoral se haya prometido, y por lo que, teóricamente se ha optado por un partido u otro. Sin embargo, en la práctica, esto no funciona así. Hay gente que no usa el voto de castigo si los representantes hacen todo lo contrario a lo que prometieron.

Es escandaloso como el partido socialista vende el Estado de Derecho, la igualdad de los españoles y la dignidad de todo un pueblo. Pero es todavía más indignante ver que algunos de sus militantes no sólo no le pidan cuentas, sino que tiene el poder telepático de cambiar de opinión a la vez que su líder. Lo que hace unos meses era inconstitucional e impensable ahora es lo deseable. Son capaces de aceptar que la amnistía es concordia y que quebrar el pacto fiscal es bueno para los que van a tener que pagar más sólo porque a Sánchez y a Illa les va bien. Queda poco para que nos hagan creer que Puigdemont es un adalid izquierdista de toda la vida. Ver para creer.

Isabel Arnas. PP / Albalate del Arzobispo