En Aragón siempre hemos tenido una relación curiosa con nuestras lenguas. A veces parecen estar ahí, como el paisaje, tan presentes que casi no las vemos. Otras veces, en cambio, se convierten en el centro de todo, como si de repente alguien hubiera encendido un foco y todos miráramos hacia el mismo sitio. Ahora parece que volvemos a estar en uno de esos momentos.
La situación política actual apunta a cambios, y no precisamente pequeños. El reciente acuerdo de gobierno en Aragón incluye, entre otras cosas, frenar lo que algunos consideran la «imposición del catalán» y replantear el enfoque sobre las lenguas en el territorio. Y aquí es donde empiezan las ilusiones y también las dudas. Porque cuando se habla de «variedades lingüísticas» o de proteger lo propio, muchos levantan la mano y dicen, con toda la naturalidad del mundo, oye, y lo nuestro qué. Y ese lo nuestro tiene nombre. Es el Chapurriàu, con toda su carga de identidad, de historia vivida y de palabras heredadas sin manual.
Claro, la pregunta es inevitable. ¿De verdad estamos ante una oportunidad real de que se reconozca como lengua aragonesa? ¿O estamos otra vez en ese terreno resbaladizo donde la política promete más de lo que luego concreta?
La historia reciente invita a ser prudentes. Las leyes lingüísticas en Aragón han cambiado varias veces en pocos años, pasando de reconocer explícitamente lenguas como el catalán y el aragonés a fórmulas que ponen en valor las modalidades lingüísticas propias del territorio. Personalmente, lo vivo como una oportunidad para acercarnos más a la realidad que siempre hemos tenido en nuestros pueblos, donde seguimos hablando como sabemos y como sentimos, sin esperar a que nadie nos diga cómo debemos llamar a lo que decimos.
Ahí está la clave, seguramente. Porque más allá de nombres oficiales, debates políticos o titulares, lo que da vida a una lengua es el uso. Es la conversación en casa, la broma en el bar, la palabra que sale sin pensar. Y eso, guste más o menos a unos o a otros, no depende de ningún decreto.
Aun así, no se puede negar que el momento despierta cierta ilusión. La sensación de que, quizá, por una vez, el foco se acerque un poco más a lo que siempre ha estado ahí. Que se mire con otros ojos lo que durante años se ha considerado menor o incluso incorrecto. ¿Es optimismo? Puede ser. ¿Es ingenuidad? También podría serlo. Pero quizá no sea malo soñar un poco. Porque al final, entre lo que viene y lo que soñamos, hay un espacio donde caben las dos cosas. La cautela de quien ya ha visto muchas vueltas y la esperanza de quien cree que esta vez puede ser diferente. Y si no lo es, al menos nos quedará algo que nunca ha cambiado. Seguir hablando como sabemos. Seguir siendo como somos.
Luis Arrufat. 'El mundo del Chapurriau'


Com sempre estes coses es diuen «en castellano»… Una profunda diglòssia i ùn gran desconeixement del que realment és una llengua, en totes les seues variants, i un entestament a continuar pel camí erroni a mercé de forces politiques reaccionàries i uniformistes. Cap cas!
«»Entre lo que viene y lo que soñamos»»
Librar Aragón de la imposición del Catalán.
Supresión del Instituto Aragonés del Catalán.
Derogación de entidades públicas y leyes ideológicas.
De momento esto es lo que viene :
Librar Suspender y Derogar.
Texto del acuerdo de Gobierno PP-VOX en Aragón para los próximos cuatro años.