La falta de vivienda se ha convertido en una de las mayores contradicciones del medio rural. Llevamos décadas reclamando población, atrayendo inversiones y defendiendo oportunidades para nuestros pueblos, pero cuando alguien decide instalarse encuentra una barrera tan elemental como la imposibilidad de acceder a un hogar. El Bajo Aragón Histórico tampoco escapa a una crisis que amenaza con frenar su desarrollo económico y demográfico.

Los datos publicados por este periódico son preocupantes. En Alcañiz, los alquileres se han encarecido hasta un 50% y las inmobiliarias acumulan cientos de interesados. En el Matarraña, la oferta es prácticamente inexistente y la presión turística complica todavía más el acceso a una vivienda habitual. Resulta especialmente grave que haya trabajadores que deban rechazar empleos por no encontrar dónde vivir.

La situación exige respuestas urgentes y coordinadas. Las administraciones deben agilizar suelo urbanizable, incentivar la rehabilitación de viviendas cerradas, ofrecer garantías a los propietarios para favorecer el alquiler y facilitar la construcción mediante la colaboración público-privada. También resulta imprescindible ampliar el parque de vivienda pública asequible, especialmente para jóvenes y trabajadores. Los programas anunciados por el Gobierno de Aragón constituyen un avance, pero necesitan traducirse cuanto antes en llaves entregadas y viviendas habitadas.

El turismo representa una oportunidad económica extraordinaria para comarcas como el Matarraña, aunque su crecimiento debe ser compatible con las necesidades residenciales de quienes sostienen la vida cotidiana de los pueblos. No podemos permitirnos perder población, talento ni inversiones por falta de alojamiento mientras cientos de inmuebles permanecen vacíos o deteriorados. La vivienda debe ocupar un lugar prioritario en las políticas contra la despoblación. De poco sirve atraer nuevos vecinos si después no les ofrecemos un lugar donde quedarse.

Editorial