Hubo un tiempo que en la Península Ibérica se hablaba latín, por dominación de los romanos.

Más tarde, por otros factores, se vulgarizó. La invasión árabe tuvo su influencia y algunas palabras se introdujeron en el habla, otras se contaminaron.

En los territorios del norte, que no llegaron a ser dominados permanentemente por los invasores, siguió el latín un poco más vulgar.

El vasco primitivo, mezclado con ese romance, conformó el navarro. En la zona media, Aragón, influido por su creador, el reino de Pamplona, en un principio, asumió su lengua. Al independizarse, fue ampliando su territorio con condados del otro lado de los Pirineos que, letra a letra, trovador a trovador, fueron trayendo su manera de hablar: el lemosín, que, con el tiempo, se convirtió en la lengua de todo el nuevo reino y sus conquistas.

Más al oriente, los condados que hoy conforman Cataluña dependían de los reyes francos, que impusieron sus condes occitanos y, con ellos, llegó su lengua: el lemosín. Era la forma de hablar del reino al que pertenecían.

Tenemos dos zonas a las que les llega una nueva lengua, la misma. Con el paso del tiempo, en uno y otro lugar, van influyendo circunstancias que los individualizan, aunque siguen teniendo vocablos iguales.

Cuando Aragón incorpora la zona oriental de la península, conviven ambas lenguas. Sin problemas. La una era la lengua real y la otra la que se utilizaba en una parte del territorio.

Con el paso del tiempo, Aragón se une a Castilla, formando el reino de España. Fernando el Católico, más pendiente de las faldas que de su reino, accedió a que el castellano se impusiera como única lengua.

El aragonés fue perdiendo fuerza ante la lengua oficial, quedando al final relegado, como tal lengua, a la zona oriental, de la que va desapareciendo, como lo hacen las hojas del calendario. No obstante, quedan, en todo Aragón, palabras y reminiscencias.

En la zona catalana, al estar más alejados, su lengua perduró menos contaminada. Seguro que entre el aragonés y el catalán habría más palabras coincidentes, si el creador reciente de su gramática, con un desprecio total a la española, no se hubiera apoyada en la francesa.

Hay que resaltar que terrenos que hoy están asignados a Cataluña, durante un tiempo, siguieron siendo de Aragón, conservando también su lengua.

La convivencia de ambas lenguas casi siempre fue pacífica. Hasta que Aragón fue perdiendo importancia y tierras y, en cambio, Cataluña las fue ganando.

En los últimos tiempos, prevalida de unos votos sobrevalorados, ha intentado adueñarse de la historia del reino. Tiene poco, quiere más, le apetece la zona oriental de Aragón. Como pretexto, una lengua que tiene semejanzas con la que ellos recibieron. Como les sobran medios, han subvencionado a entidades aragonesas para que les apoyen. Logrando el odio entre hermanos. Y relegando a los defensores de la lengua original, que, sin medios económicos, sólo les queda recurrir a la ilusión, el trabajo desinteresado y el amor a ella. Manteniendo siempre, en su defensa, la educación y las buenas formas.

Ahora que han llegado unos acuerdos que pretenden restituir a los últimos su reconocimiento. Los otros, con grandes inyecciones dinerarias del dinero que han detraído al resto de los españoles, con pactos espurios, están recurriendo a todos los medios para atacar y malinterpretar estos pactos. Llegando al insulto y ataque personal como siempre han hecho.

Lo peor es que están utilizando a gente de buena fe, en una pelea en la que les mal informan, alegando unos agravios que no son tales.

El castellano y el portugués proceden del latín, son dos idiomas diferentes, con muchas palabras iguales y otras parecidas, tienen una frontera larga en común, una lengua de frontera con influencias mutuas, pero la convivencia de lenguas y gentes es pacífica, ninguno quiere anexionarse al otro.

Luis Arrufat. El mundo del Chapurriau