Hace algunos años, la política era un acto de persuasión. Uno accedía al gobierno ofreciendo una visión del mundo, una propuesta de solución a los problemas colectivos, una narrativa que convencía porque hablaba a la razón, a la esperanza o a los valores compartidos. Del mismo modo, y como solía ocurrir, también era desigual, a menudo injusta, pero era política. Ahora, simplemente, es otra cosa.
Últimamente, observo con cierta perplejidad cómo los ciclos electorales han dejado de ser momentos de debate con argumentos para convertirse en exhibiciones de investigaciones ajenas. Ya no escuchamos tan apenas propuestas educativas, sanitarias o económicas con la relevancia de antaño. En su lugar, asistimos a un teatro donde cada comparecencia ante un tribunal de instrucción se transmite en directo, donde cada imputación se convierte en titular, donde cada investigación, a veces justa y a menudo politizada, sustituye completamente al debate sobre ideas y propuestas concretas que aporten solución a problemas reales de la ciudadanía.
Pero, ¿cuándo fue el punto de quiebra? Probablemente cuando descubrimos que atacar al adversario resultaba más efectivo que presentar alternativas, o cuando comprendimos que la ciudadanía se moviliza más por la indignación que por la esperanza. Incluso, tal vez fue más simple: cuando los sistemas de comunicación premiaron la polarización sobre la reflexión.
Sin embargo, lo más inquietante no es que exista corrupción, la hay, la hubo siempre, sino que se haya convertido en el eje vertebral de la competencia política. La corrupción, casi siempre, se concentra en los pisos altos de las instituciones, en esos espacios donde se toman decisiones determinantes sobre recursos, licitaciones y también favores. Allí, lejos del escrutinio cotidiano, es donde germina. Y entonces aparece un escándalo, una investigación o una imputación. El sistema correctamente funciona, tal vez. Pero mientras tanto, la política visible, esa que podría debatir sobre cómo educar mejor a nuestros hijos, sobre cómo construir ciudades más amables o sobre cómo sostener una economía que no deje a nadie atrás, desaparece del mapa.
No hablo desde la ingenuidad. Sé que la corrupción debe investigarse, que los responsables deben responder ante la justicia, y ojalá así sea. Pero hoy hablo sobre el utilitarismo perverso de la política y que cuando eso es todo lo que vemos en campaña, cuando eso es lo único que los líderes esgrimen ante la ciudadanía, algo importante se ha roto en el sistema democrático. La política se ha deshumanizado. Y digo deshumanizado porque la política, en su esencia, debería tratar sobre cómo mejorar el bien común y la convivencia. Debería ofrecernos un relato que nos inspire, que nos convoque, que nos haga creer en algo. Lo que vemos ahora es distinto: es descalificación, es investigación, es la permanente exhibición del fracaso ajeno.
Falta el convencimiento. Falta la ilusión de que alguien, en algún lado, crea realmente en lo que propone para los demás. Precisamente, esa ausencia de argumentos genuinos ha hecho que el terreno se lo lleve quien mejor articula la indignación, quien mejor maneja la imputación, o quien mejor juega en los márgenes grises de la legalidad. No quien tenga la mejor propuesta, ni quien inspire confianza, u ofrezca un proyecto colectivo creíble.
Lo peor de todo es que lo hemos tolerado, lo hemos normalizado y entonces, ¿qué queremos que sea la política? ¿Queremos que siga siendo este combate de imputaciones donde cada bando intenta hundir al otro? ¿O estamos dispuestos a exigir de nuevo argumentos, propuestas y debate serio? Porque esta situación no se revierte con más acciones mediáticas. En todo caso se derrota con instituciones más fuertes, fiscalización transparente, y liderazgos que demuestren, con el ejemplo, que existe otra forma de hacer las cosas.
Mientras tanto, algo de lo que éramos como comunidad política se sigue desvaneciendo. Y nadie, de los de arriba, parece darse por enterado.
Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel-Fundación Tervalis

