La llegada de un gran proyecto empresarial no se vive de la misma forma en la ciudad que en un pueblo. Sus beneficios, pero sobre todo su impacto ambiental, no suponen lo mismo o generan las mismas preocupaciones. El caso más reciente que lo ejemplifica es el de Valmuel, donde se proyecta una tercera macrogranja porcina a tan solo un kilómetro y medio del núcleo urbano, algo que resultaría inimaginable si de una gran urbe se tratase.
No es la primera vez que sus vecinos alertan sobre un proyecto que interferiría en la vida de un municipio en el que residen 154 personas. Este mismo año, vecinos de Valmuel ya recogieron firmas en contra de las macrogranjas proyectadas en su entorno. Las tres instalaciones sumarían 864 unidades de ganado mayor, "la capacidad máxima permitida", y el equivalente a 21.600 cerdos de cebo, es decir, unos 137 cerdos por cada vecino.
Las iniciativas también preocupan por el consumo de agua que implicarían, concretamente, 85 millones de litros de agua al año; es decir, el equivalente a 34 piscinas olímpicas, según denuncian desde la Plataforma Stop Ganadería Industrial. En cuanto al desecho, calculan que las tres macrogranjas generarían conjuntamente 50 millones de litros de purines al año, una cantidad suficiente "para llenar más de 20 piscinas olímpicas".
La puesta en marcha de esta iniciativa empresarial, además, supondría un aumento de tráfico en unas carreteras maltrechas y parcheadas, según denuncia parte de la población. Y por ello, urge ordenar la llegada de este tipo de proyectos al territorio. Porque ningún pueblo, por pequeño que sea, debería sentir que una compañía aspira a cambiar para siempre el entorno en el que hay personas que viven de forma diaria.

