Ahora que hemos despedido ya los meses de julio y agosto, las calles de nuestros pueblos vuelven a estar más tranquilas. Los turistas y quienes tienen segundas residencias han regresado a las ciudades y a sus rutinas, y es en este momento cuando conviene detenerse a reflexionar sobre la realidad cotidiana de nuestros municipios durante los otros diez meses del año. Porque es fácil dejarse llevar por la imagen veraniega, alegre y bulliciosa, pero la vida en los pueblos es mucho más que esas semanas de movimiento estival.
Nuestros ayuntamientos, con presupuestos limitados y plantillas ajustadas, planifican su día a día para garantizar servicios básicos a los empadronados y a quienes residen todo el año. Porque esos son los fondos de los que disponen, no hay más. Sin embargo, cuando llega el verano, la población se multiplica y ese esfuerzo se redobla. Muchas veces, hasta el punto de que algunos pueblos parecen transformarse en un destino turístico masivo, casi como si fueran un resort, y la dificultad para prestar servicios de calidad es un verdadero quebradero de cabeza para los alcaldes y concejales de nuestros pueblos.
Multiplicar la población es una buena noticia porque hay más vida en nuestras calles, pero asegurar el abastecimiento de agua, la recogida de basura, la limpieza... cuando se pasa de 100 a 1.000 habitantes, por ejemplo, no es fácil y muchas veces, ni los habitantes habituales ni los veraneantes se dan cuenta.
En nuestros pueblos, también en verano, muchos están trabajando, en ocasiones para prestar esos servicios de los que hablamos, y no hay que olvidar que son quienes cuidan el pueblo todo el año y lo mantienen vivo para que se pueda disfrutar en julio y agosto como el resto del año. Esos días, a locales y visitantes, puede molestarles el ruido, las fiestas o las necesidades a las que no se llega. Pero es necesario recordar a todos que la convivencia y el respeto son fundamentales.
Estamos contentos y agradecidos porque la gente que viene en verano contribuye a mantener los servicios como tiendas o restaurantes, y eso lo deben entender quienes echan de menos la tranquilidad del invierno. Pero también los visitantes tienen que ser respetuosos con las gentes de los pueblos, con el silencio que también se valora y su tranquilidad. Porque todos son bienvenidos, pero nuestros pueblos no son un resort de vacaciones.
Marta Sancho. PAR / Alloza

