Quedan pocos días. Las mochilas empiezan a pesar menos, y los docentes cuentan los días con una mezcla de agotamiento y satisfacción que tiene quien ha terminado algo que valió la pena. El curso 2025-2026 está a punto de cerrar. Y merece ser leído con calma antes de que el verano lo archive.

Ha sido un año raro. No en el sentido de excepcional, sino en el de contradictorio: un curso donde los datos han sido buenos y el ambiente ha sido tenso. Los números han tirado hacia arriba, pero la calle ha tirado hacia abajo. Y aunque Aragón ha ganado premios, también ha perdido cierta paz institucional en las aulas.

Empecemos por lo que ha funcionado, porque existe y es mucho. La Formación Profesional ha batido otro récord: más de 28.000 alumnos matriculados en ciclos formativos, superando por primera vez de forma consolidada las cifras universitarias. Eso no es una casualidad estadística; es el resultado de años de trabajo y de una generación que ha perdido el miedo a elegir un camino diferente al del grado. En muchos pueblos del Bajo Aragón eso se nota: chavales que se quedan, que se forman cerca, que encuentran salida sin tener que marcharse a los veintidós. La FP ha dejado de ser la segunda opción para convertirse en la primera para muchos. Y eso, dicho con todas las letras, es una buena noticia.

Por otro lado, la Universidad de Zaragoza arrancó también con viento favorable: 27.000 estudiantes, casi todas las plazas cubiertas, y 107 nuevas plazas en grados STEM de alta demanda. La rectora Rosa Bolea habló de una institución atractiva "para los estudiantes de todo el Valle del Ebro". Y tenía razón en los números. El problema, como siempre, es lo que los números no dicen.

Porque este curso también ha tenido otra cara. El Gobierno de Aragón aprobó la concertación del Bachillerato, esa financiación con dinero público del Bachillerato en centros privados y que ha partido en dos a la comunidad educativa. No obstante, si echamos la vista atrás, esto ya se vivió en el 89 y en el 91 en otras etapas educativas. Como resultado de lo actual, dos huelgas, miles de personas en la calle en enero y en mayo, un recurso ante el Tribunal Superior de Justicia y protestas en las Cortes. Los sindicatos hablan de un cambio de modelo educativo que camina hacia la privatización. El Gobierno habla de libertad de elección y de diversidad. Ninguno de los dos ha cedido un centímetro.

Pero hay otras cosas que este curso deja escritas. El aumento del acoso escolar ha obligado a reformar los protocolos: ahora los centros deberán activarlos ante la primera sospecha. Es una señal de madurez institucional, pero también un reconocimiento doloroso: el problema existe y ha crecido.

Por otro lado, el CEIP Ramiro Soláns de Zaragoza ha ganado el Premio Princesa de Girona como mejor escuela de España, demostrando que en un barrio con mayoría de familias migrantes y gitanas puede existir uno de los proyectos educativos más potentes del país. Eso también es Aragón.

Y quedan las preguntas sin respuesta: ¿qué pasa con los más de dos mil puestos vacantes en Bachillerato público que nadie ha cubierto? ¿Con las 53 aulas cerradas en la red pública en los dos últimos cursos? ¿Con el itinerario formativo en IA para docentes que acaba de nacer y al que nadie sabe muy bien cómo alimentar?

El curso acaba en junio. Pero sus consecuencias, como la batalla por el modelo educativo, la apuesta por la FP, la incorporación de la IA al aula, se van a alargar mucho más allá del verano. Cerrar el curso no va a significar haber resuelto nada. Solo significará que nos toca volver a empezar, con un año más de experiencia y, ojalá, con algo más de acuerdo sobre qué clase de educación queremos construir.

Alberto Quílez