Carlos Quílez es una de las voces de referencia del true crime y del periodismo de sucesos en España. Periodista especializado en investigación criminal y coordinador de sucesos del programa 'Y ahora Sonsoles', en Antena 3, ha desarrollado buena parte de su trayectoria en las principales televisiones y radios nacionales. El próximo 25 de septiembre compartirá su experiencia en el VIII Curso Nacional de Periodismo Especializado de Alcañiz, que este año pone el foco en los sucesos, las emergencias y el true crime.
¿Por qué decidió especializarse en sucesos y en investigación criminal?
La vida te lleva por caminos que ni tu mismo imaginas y, sin embargo, cuando te los encuentras, por alguna extraña razón te sientes bien. Yo estudié Periodismo, me gustaba el periodismo y recibí una beca siendo muy chaval. Entré a trabajar en la Cadena SER de becario y, al poco tiempo, aquel becario que parecía un poco intrépido e inquieto y con ganas de comerse el mundo, con 20 años tuvo una oportunidad. Hubo una vacante en la sección de tribunales de la Cadena SER en Barcelona y pensaron en mí. Al entrar allí descubrí que ese era el ámbito del periodismo que me gustaba, por muchos motivos, algunos de los cuales comentaré en la conferencia de Alcañiz.
Ese encorsetamiento que no encontró entonces, ¿es algo que ha cambiado?
De alguna forma, la filosofía es la misma. El crimen es espontáneo. Hasta que esa información queda bajo el paraguas del control de aquellos que quieren, de alguna forma, monopolizar, manipular, esconder o ampliar la información, el periodista que se entera tiene un margen de actuación. Por eso hablo de que, filosóficamente, es lo mismo. Cuando yo empecé, en el año 90, había un único jefe de prensa en Cataluña, que era el ámbito donde empecé a desarrollar mi trabajo, en la Jefatura Superior de Policía: un inspector. En estos momentos hay 35 periodistas en el gabinete de prensa de los Mossos, seis en la Policía Nacional, otra media docena en la Guardia Civil, en el Tribunal Superior de Justicia, en la Audiencia Provincial, en el Decanato… Hay jefes de prensa incluso en el área de prisiones del sindicato UGT. El blindaje y el control sobre la información ahora son exasperantes.
Imagino que también son ahora más valiosas que nunca las fuentes de confianza de los periodistas para abordar estas informaciones.
Un periodista sin fuentes es la nada más absoluta. Cómo se gestionan las fuentes, cómo las articulas, cómo las cuidas o hasta qué punto te fías depende un poco del manual de funcionamiento de cada cual. Yo tengo el mío y cada uno tiene el suyo. Pero aquellos periodistas que pretenden hacer información del conflicto social, de juicios, tribunales, sentencias, crímenes, operaciones policiales y sucesos hablando solo con el gabinete de prensa de un organismo concreto se equivocan.
Hablando de esas coberturas, me viene a la mente la crisis migratoria ocurrida en Ceuta, sobre todo por ese concepto de cómo controlar la información y cómo puede beneficiar al discurso de determinadas personas.
Ese es el gran drama y la gran dificultad. Por eso el periodismo es un oficio sensible que manipula material sensible y respecto al cual se ha de tener un cuidado exquisito, porque cuando un periodista aplaude o saca la bandera blanca, mucha opinión pública se pone la bandera blanca; y cuando es al revés, ocurre lo contrario. Es muy complicado y, como se conoce esta característica concreta que tiene este oficio, hay quien, desde un punto de vista mucho más malévolo, utiliza esta situación en su beneficio o con un interés muchas veces torticero.
¿Dónde están las líneas rojas a la hora de abordar coberturas de sucesos o la narración de crímenes?
En primer lugar, pensemos un poco en las víctimas. Yo creo que se debería pensar más en ellas. Recuerdo cuando empecé a hacer información de tribunales en la radio. Cubría un juicio que me había llevado tres horas de extrema atención en una Audiencia Provincial, escuchando a los acusados, las víctimas, los testigos y los policías, por ejemplo, de un asesinato. Tenía que condensarlo en 50 segundos de crónica, lo que prácticamente no llega a un folio si lo hiciéramos por escrito. Claro, ahí no cabe la víctima. Y luego están las líneas rojas que ha de tener cualquier periodista: vamos a explicar la verdad y, sobre todo, vamos a intentar contrastarla. Luego, vamos a analizar quién nos explica qué y por qué y por último veremos si lo damos o no lo damos.
¿Hay algún caso que le haya impactado más o que recuerde especialmente?
Hay varios. Te diría que un paquete sustancial de los atentados terroristas que he tenido que cubrir, tanto el atentado en sí mismo como posteriormente el juicio. Eso no se me olvidará jamás. Me marcó y, sobre todo, me curtió, sin lugar a dudas. Te diría que el atentado de Vic, donde murieron 11 personas, niños y guardias civiles, contra la casa cuartel de Vic, en Barcelona. Eso está marcado en mi piel a fuego. Luego ha habido algún otro caso potente. Recuerdo un caso de los servicios secretos franceses con un intento de asesinato en Barcelona, con un arma de película, de metacrilato, que era imposible detectar en los controles de metales de los aeropuertos. Dos tipos fueron detenidos y luego fueron dejados en libertad de una forma indecente. A ese caso lo llamé operación Chacal y lo recogí en uno de mis libros porque fue un caso extraordinario.
¿La novela le da ese espacio y esa libertad de reflexión?
Sí, sin duda. Esta es la pregunta más fácil de responder o la que tengo más clara. En la novela puedes recrearte en la mirada del autor y en aquellos detalles que no caben en la crónica periodística. Puedes decir cómo te ha afectado a ti, si hablas en primera persona o tienes un papel como narrador más o menos presente. Puedes explicar cómo te ha afectado, para bien o para mal, en términos de alegría, tristeza, dolor o felicidad, determinada vicisitud criminal.
¿Cómo se siente o qué piensa un periodista cuando tiene que sentarse frente a un asesino y hacerle preguntas?
Tienes que llevar el antídoto. Depende de qué tipo de asesino. Si estamos ante un psicópata, como por ejemplo el protagonista de uno de mis libros, psicópata, Antonio Bernal Romeu, yo me puse el antídoto porque sé que son tipos que tratan de embaucarte, de enredarte, de engañarte y de llevarlo todo a su beneficio, a su provecho. Como buenos psicópatas, son muy inteligentes. Hay una máxima que aprendí hace mucho tiempo y que traslado cuando doy clases en la universidad o cuando hablo con alumnos de Periodismo, el crimen es injustificable, pero la conducta criminal, a veces, es comprensible. Parece una contradicción, pero creo que no lo es. Por eso digo que comprender también lo que envuelve al delincuente te permite tener otro punto de vista. Yo me siento muy enriquecido en ese sentido. Creo que he tenido la suerte, por mi oficio, de conocer mejor la dimensión humana.
¿Cómo se gestiona la salud mental cuando se trabaja continuamente con información tan dura y sensible?
Como los médicos cuando tienen que comunicar una mala noticia a un paciente: hay que mantener una cierta distancia. Es complicado y depende del carácter de cada uno. Yo probablemente soy muy infantil en este sentido, a pesar de mi edad o mi experiencia. Creo que hay que mantener un punto de distancia e intentar, como hace el forense con el cadáver, separarse de él y simplemente analizarlo. Es complicado, pero los años van haciendo que ese nudo que se te pone en la boca del estómago, con el paso del tiempo, lo puedas controlar.







