La última fotografía que tenemos de ella es del 25 de julio de 1937, en El Escorial. El médico húngaro John Kiszely le limpia con un algodón la sangre que le mana de la nariz, quizá también de la comisura de la boca. Yace en una camilla con las manos reposando sobre su estómago: está muerta. Era fotógrafa y reportera, la primera en morir en un campo de batalla. Durante el repliegue republicano tras la batalla de Brunete, donde se jugó cien veces la vida fotografiando los bambardeos de la aviación franquista, unos cuantos que volaban muy bajo crearon el pánico en el convoy en el que viajaba subida al estribo de un coche, en un movimiento brusco cayó al suelo, y un tanque republicano que iba marcha atrás la destrozó. Tenía sólo 26 años.
Es la misma chica que nos guiña un ojo desde la portada del libro, con un cigarrillo en la mano, entre desenfadada y divertida. Se hacía llamar Gerda Taro, y era la hija de una familia judía polaca en Alemania que, a pesar de su origen burgués, se alistó en movimientos socialistas. Con el ascenso de Hitler al poder, y tras haber sufrido ya una detención, huyó a París. Allí conoció a André Friedmann, un joven "de aspecto desgreñado y con la fanfarronería de un chiquillo", y se enamoraron. André era un apasionado de la fotografía, y pronto enseñó a Gerda todos sus trucos. Se compró una Leica y juntos crearon un personaje ficticio -que supuestamente era un reputado reportero estadounidense que había llegado a Europa- que les permitió vender sus fotos tres veces más caras. Había nacido el legendario fotógrafo Robert Capa.
Suena todo un poco a leyenda, a una época en blanco y negro, "cuando las ilusiones valían más que la vida, cuando la vida valía lo que una frase". Se caía el porvenir y ella y André, y muchos otros, decidieron que había que mostrar al mundo lo que ocurría en trincheras, cunetas y calles de un país en llamas. Y, sin duda alguna, Robert Capa (Gerda y André) es el autor de algunas de las mejores fotos de la Guerra Civil.
Esta es, pues, su vida. La vida de Gerda Taro: "LA CHICA DE LA LEICA", que la escritora alemana HELENA JANECZEK nos noveliza de una manera deslumbrante y maravillosa. Es, quizás, hasta el momento, su libro más hermoso. Son unas memorias que la JANECZEK las recupera, las acumula, las imagina, las integra con las suyas, las desmenuza, las filtra, las recompone hasta formar una historia apasionante de la Historia.
Nos quedamos con unas líneas que Rafael Alberti escribió en "La arboleda perdida": (Gerda y André) "llevaban en su rostro la alegría del peligro, la sonrisa de una juventud inmortal, dinámica, valerosa, no sé si inconsciente, pero decidida, irresistible".
André, ya con el nombre de Robert Capa, siguió haciendo fotos durante la Segunda Guerra Mundial. Gerda descansa en el cementerio de Père-Lachaise; a su lado, reposan también Isadora Duncan, Colette, Apollinaire, Chopin, Oscar Wilde... Su tumba fue esculpida por Alberto Giacometti.
Miguel Ibáñez. Librería en Alcañiz




