En un pasado lejano, no la llamábamos Hiroshima, sino Ashihara. Era un amplio delta cubierto de juncos". Así, atónitos lectores, comienza la descripción que la excelente escritora japonesa OTA YOKO (1903-1963) hace del paisaje de su ciudad natal antes de que, el amanecer del 6 de agosto de 1945, la primera bomba atómica que descendía sobre el mundo lo cambiara para siempre. En un instante, un destello de luz verde azulada dejó tras de sí cientos de miles de muertos, una cifra superior de heridos, los edificios derruidos y la tierra totalmente quemada. Apenas unos días después, Japón resolvía su rendición absoluta: la guerra había terminado, pero, como remarca la autora, la vida continuaba.
"CIUDAD DE CADÁVERES", la desgarradora obra maestra de una escritora incomprendida e injustamente olvidada y que ahora rescata para nuestra lengua la maravillosa editorial Satori - especializada en cultura japonesa-, es el grito agónico de una víctima apremiada por la urgencia de plasmar por escrito la devastación, el horror, la desesperación y el caos de los que ha sido testigo. Con la escritura más desgarrada y la verdad más íntima como únicas armas, OTA YOKO se lanzó a tumba abierta, enfrentándose a la censura, para dar testimonio de una de las mayores tragedias del siglo XX; para contar la historia de quienes fallecieron y cartografiar el trauma, así como la esperanza, de los supervivientes.
Esta belleza de novela es, en definitiva, un canto nostálgico a la paz -nos dice el crítico Torres-Remírez-, a un imposible. Una traslación a la gran ciudad de la infancia de la autora, de la que, tras la terrible bomba, no queda ni la sombra de lo que fue. No porque no pudieran reconstruir la ciudad y sus monumentos, si no porque lo que surgió después fue otra ciudad. Ni mejor ni peor. Otra. Las heridas que abre una guerra son difíciles de cerrar, pero las de un arma que nunca antes se había usado, son un estigma imborrable.
En "CIUDAD DE CADÁVERES", surgida sólo tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, no hay culpa en sus líneas, ni sentimiento de venganza, sólo resignación por lo que fue y por cómo dejaron morir la ciudad de su infancia.
La narración de YOKO, a pesar de su hermosura, sobrecoge al lector dejándole impávido ante la situación que se describe, no por los horrores y la desgracia, sino por la fragilidad de la vida, por la levedad del ser humano.
"CIUDAD DE CADÁVERES" no va sobre la guerra y la muerte, va sobre la vida y la paz. Es un libro que rompe al lector valiente, no para que se regocije en su sufrimiento, sino para que vuelva a nacer. Es, en definitiva, un pedacito del alma de todos los inocentes que no pudieron ver el final de una guerra y ruegan a los lectores que seamos mejores.
No es una lectura fácil, ni debería serlo, . Es una narración visceral y a menudo abrumadora, pero tan necesaria como bella, sobretodo en estos tiempos inciertos que corren.
Miguel Ibáñez. Librería de Alcañiz




