Juanjo Caldú
Pregonero 2018
Es difícil decir qué es la Semana Santa para un calandino, no es solo que cada uno de nosotros la vivamos de una forma distinta sino que además nuestra mirada va cambiando según pasa el tiempo. Recuerdo como celebraba estos días cuando era más joven, intensamente pasando de un acto a otro, de una procesión a otra, unas veces con mi cuadrilla y otras con la cofradía de San Pedro. Pero los años han ido trascurriendo y con ellos mi manera de entenderla.
La andanada inicial ocurrió al formar parte de los putuntunes con mi quinta, descubrí partes de la Semana Santa que no conocía o que sólo las había visto de lejos. La segunda fue no poder participar un año por una fractura, por primera vez fui un espectador y pude contemplar todas las celebraciones, ritos y procesiones. Me di cuenta de que siempre había estado tan centrado en mi cuadrilla y cofradía que desconocía una parte de nuestra Semana Santa a pesar de no haberme perdido nunca ninguna.
Hoy en día sigo la tradición en torno a la cuadrilla, formada por familia y amigos de todas las edades, y he reforzado mi fe con la nueva perspectiva que me han mostrado los hermanos de la Cofradía del Santísimo. Pero mi Semana Santa ha cambiado, sobre todo en los ojos con que la miro.
Ahora disfruto descubriendo toda la riqueza que tienen nuestras celebraciones. No es que antes no la viera, es que no la observaba. No se agotan los detalles, todos los años encuentro algo nuevo, no solo en las novedades que aportan las cofradías, es que siempre hay algo en lo que no me había fijado.
Me gusta buscar tras cada elemento su significado, su mensaje, su historia, porque nada está al azar. Entender el por qué se hace cada procesión mientras otras tan antiguas como la del Jueves Santo o el viacrucis del Domingo de Ramos se han perdido. Saber la razón de ser de cada cofradía, de su advocación, de su historia, de los símbolos que lleva. Apreciar toda la simbología que tras siglos encierran nuestros putuntunes, sobre todo en el traslado del Santísimo al Monumento y en la riña del Entierro, pero también en su formación y vestuario, como el banderín del Longinos o la vara del Capitán. Y de todo, son las cosas más pequeñas las que pueden tener mayor fuerza y contenido, como la mortiseca y el pendón del Santo Entierro, o aquellas ajenas a cualquier cofradía, hechas por personas a título personal como los penitentes, las sibilas, los que cantan el pregón o las saetas de la Soledad.
Son estos cientos de pequeños "miembros" los que forman el "cuerpo" de la Semana Santa de Calanda y pienso que conocerlos y entenderlos es una cuestión de cultura, de tradición y para muchos también de fe porque al fin y al cabo es la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo lo que celebramos. Son la fuerza que nos ha hecho llegar hasta donde estamos y nos une a nuestros antepasados. Sin ellos, ¿qué queda?




