La familia de Salvador Vives sigue una tradición que empezó el bisabuelo como «Encoletao»
Camina con paso ligero pero con cuidado. Salvador cumplirá 90 años en noviembre y hace unos cuatro o cinco que aparcó el tambor. Sonríe cuando habla de él y de «aquellos tiempos» con la cuadrilla. Reconoce que ahora vive más tranquilo la Semana Santa pero que no es lo mismo. Tener el corazón un poco delicado le ha hecho frenar.
El amor por la Semana Santa le viene por su padre Ramón Vives. Murió siendo Salvador un niño que no tenía ni diez años pero le dio tiempo a verlo de «Encoletao». Esta figura, que se ha perdido en la actualidad, estaba incluida en la guardia romana. Salvador recuerda ir con él y que en la plaza de la iglesia «había una canasta con torta para los que pasaban allí toda la noche de Jueves Santo de guardia».
Comenzó a tocar el tambor, y tras un tiempo llevando el paso de La Oración en el Huerto, ya no lo soltó. El primero que tuvo se lo compró en Calanda en el 63. «Luego lo vendí y me fui comprando más y tengo buena colección», explica. Toda está sobre un altillo en casa.
Habla con nostalgia de la cuadrilla, el motivo por el que el tambor «le ha gustado mucho siempre». Dice que lo pasaban bien y que estaban muy unidos y menciona con cariño a Ramón Almolda. «Lo teníamos como jefe con su bombo grande, que en paz descanse». Dice que aprendió a tocar con una caña y con los tambores que se pasaban de unos a otros. «Antes ni se ensayaba ni había túnica, la gente salía con lo que tenía y si no teníamos tambor, nos lo dejábamos». Recuerda que eran tiempos en los que se iba de casa en casa y de tabernas porque antes «Samper estaba lleno de tabernas».
Salvador guarda con cariño una época en la que los toques duraban toda la noche y en la que las meriendas como la del Sábado Santo eran imperdonables. «Lo mejor de entonces era juntarnos tanta gente y estar unidos», dice. Ahora vive estos días más tranquilo y acudiendo a alguna misa con su esposa Dorotea, para quien siempre ha sido así. Pero también disfruta viendo la Semana Santa que ha dejado en su propia casa. A nadie le faltó un tambor que tocar.
Salvador se aseguró de que sus hijos Begoña y Jesús tuvieran el suyo y, por supuesto, los cinco nietos que tiene. «Yo toqué pero no aguanté mucho, aquello no era lo mío y lo dejé pero mi Semana Santa es muy entretenida», dice Begoña bromeando, quien encarna como nadie el concepto de ser voluntarioso. Hace lo que sea preciso y, si un año se tercia portar a la Virgen, también.
«Es un sentimiento y la verdad es que cuando escuchas estas historias de cómo se montó todo y cómo sigue, no te lo puedes creer». Manuel Costán Vives es hijo de Begoña y nieto de Salvador, la tercera generación de esta familia que refleja todos los valores que le han transmitido por parte de ambas familias, la materna y la paterna.
A sus 21 años ha hecho prácticamente de todo en la Semana Santa. Ha sido tambor, bombo, Nazareno cuando era un niño y alabardero desde hace un tiempo donde toca el timbal. «Lo elegí porque me gusta. Entre los 9 y los 15 toqué bombo y cuando se quedó pequeño pensé en cambiar a alabardero en vez de hacerme otro más grande», dice. A diferencia de la época de su abuelo, ahora sí hay ensayos. «Es un sacrificio, pero son dos meses y me gusta, lo hago porque me gusta», cuenta.
«Es normal que haya acabado de alabardero porque al final, todo te viene de algún sitio y su bisabuelo ya fue «Encoletao»». El que interviene es su padre, Manuel Costán, el que ha aportado a la familia Vives el bombo y sacar el paso de la Dolorosa, algo que él lleva haciendo 52 años y una tarea que no tiene fácil su hijo. «Su hermana Leticia está fuera y cuando viene la quiere sacar ella, así que se tiene que poner a la fila», bromea el padre. Cuando alguien le toma el relevo a Manuel, él aprovecha para tocar el bombo. «Viene por mi padre, por los Costán. Mi padre la sacaba y también llevaba el bombo. Es un poco lo que está pasando ahora con nosotros, lo que decía de la tradición de los antepasados», añade.
Entre las fotos de hace unos años aparecen las primas de Barcelona, Camila y Cristina -hijas de Jesús-, en unas tocando el tambor junto al abuelo Salvador y en otras, de ángeles con trajes de su abuela. Y es que uno de los actos más reseñables para el pueblo y la familia es el del Abajamiento, una representación que se recuperó no hace mucho. Parte de los trajes son de Dorotea, la esposa de Salvador, que han ido pasando de unos a otros incluso hasta Juan, el pequeño de la familia.
Van pasando aquellos niños y niñas que cada año encarnan el papel de ángeles. «Cuando se recuperó el Descendimiento pidió el cura que alguien hiciese las ropas y así fue», dice Dorotea. «Somos un pueblo pequeño y hay que hacer de todo. Entre todos se sacan las cosas adelante», añade su nieto Manuel.




