La pregonera de la Semana Santa de Alcañiz hizo un repaso por la «fabulosa fiesta de los sentidos» y reivindicó la igualdad y la sanidad pública
«¿Qué otra manifestación humana nos ofrece semejante maravilla, producto de la ilusión, de la entrega desinteresada de tantas personas anónimas, de la buena organización, del trabajo en equipo, de la tradición, de la fe...? , se preguntó ayer la pregonera de Alcañiz hablando de la Semana Santa. La médico de «vocación» y escritora de «pasión», Rosa Blasco, invitó a los presentes anoche en el Teatro de Alcañiz a dejar volar la imaginación evocando a los que experimentan los cinco sentidos durante la semana de pasión. Eso sí, antes agradeció su nombramiento y con acierto incidió en que, con la «cantidad de alcañizanas interesantes que hay», Blasco es solo la quinta mujer a la que se le encomienda el pregón frente a 25 hombres. Esta reflexión le brindó un gran aplauso.
De la Semana Santa dijo que, generación tras generación, han ido modelando «es un espejo de lo que los alcañizanos somos, gente amable y contenida. «La vivimos armoniosamente, sin exageraciones, con elegancia».
Volviendo a los sentidos, invitó a los asistentes a que se dejaran llevar por el tacto del «deslizante raso de la túnica, el relieve matemático del tercerol, el rotundo contacto de las peanas sobre los hombros, las aristas afiladas del tambor o el delicado encaje de las mantillas». Del gusto destacó «el meloso bacalao de vigilia, el gustoso adobo del pastel de Pascua, el sustancioso huevo de la rosqueta y el finísimo azúcar de las tortas»; y del oído dijo que es el sentido que advierte de la proximidad de la fiesta cuando oye el primer toque del tambor. «Ese sonido recio y musical que es la más genuina de nuestras manifestaciones, la que nos identifica y la que sentimos profundamente como alcañizanos. Gozamos con el estruendo de los tambores en la plaza de España, con la sentida oración de la procesión del Encuentro, con el repiqueteo del cabo de la Hermandad del Silencio avanzando erguido por la calle Baja, con el bronco y unísono compás de los tambores del Nazareno precediendo al Cirineo, con el vibrante toque de las cornetas atravesando la oscuridad del miércoles santo, y también gozamos del silencio de la plaza de los Almudines aguardando aparecer la procesión de la Soledad por la calle Salinas, y las risas de las sibilas del Santo Entierro, y el aleteo de las palometas de la procesión del Carmen, y el Aleluya final del domingo de Resurrección, siempre soleado, siempre luminoso y espléndido. ¿Lo han oído?», preguntó.
El sentido de la vista es el que se recrea más que nunca en la fiesta con «el estallido de los mantones de Manila, el serpenteante azul brillante de las túnicas, con la hilera de lucecicas iluminando la noche santa, con la hidalguía de los baturros, la lozanía de las torteras, la seriedad de los cetrilleros, la solemnidad de los priores, la humildad de los penitentes, con el trémulo resplandor de los faroles de la Soledad con su contundente mensaje («Todo se ha terminado»), las Doce Tribus, los Cinco Continentes, con la Creación, la magnificencia del Sellado del Sepulcro, con la sencillez de la Burreta, el rictus doliente de la Virgen, el manto rojo-sangre de claveles a los pies del Crucificado... ¡qué explosión de belleza!».
Por último, del más «primitivo» de los sentidos, el olfato, Blasco destacó, sobre todo, la esencia del tomillo. «Ese simple y recio arbusto que penetra inevitablemente en nuestro espíritu para siempre la noche mágica del Jueves Santo y evoca, en cualquier lugar del mundo donde nos encontremos y en cualquier circunstancia, tan solo con olerlo, nuestras raíces alcañizanas. ¿Quién puede dar más?», dijo la pregonera, quien invitó a todos a vivir en armonía y concordia «esta fabulosa fiesta de los sentidos».
Medicina y literatura
En la primera parte de su lectura Blasco destacó que tiene la fortuna de tener dos vocaciones, la medicina y la literatura que surgieron gracias a que en su infancia tuvo ejemplos y estímulos que las fomentaron. Recordó a dos de los grandes facultativos que ha tenido Alcañiz: el pediatra Miguel Perdiguer, ejemplo de bonhomía y de gran conciudadano; y Joaquín Deó, internista y director médico del Hospital de Alcañiz, que depositó en su «alma adolescente la semilla la vocación por la medicina». Blasco ejerce como médico de familia en un consultorio de Tudela, donde reside desde hace más de dos décadas. «Formo parte de la sanidad pública, una de las mejores del mundo y que debemos defender con uñas y dientes porque, pobres y ricos, todos vamos a enfermar en algún momento».
En cuanto a la literatura, su primer recuerdo es para las aulas de La Inmaculada y la hermana Ángeles Chasco, «vasca, moderna en el mejor sentido del término, innovadora desde el punto de vista pedagógico, quien nos introdujo el veneno de la literatura y quien supo entrever en mí la incipiente llama de la creación literaria que entonces comenzaba a nacer». Nombró a tres personas que fueron «fundamentales» en su vida: Edilio Mosteo, José Alegre y Mª Luisa Acedo. «Primero como docentes y más tarde como amigos inquebrantables, con su talento, su talante y su generosa visión del mundo han contribuido de manera decisiva a conformar la mujer que soy».
De su época de juventud recordó cuando participó en la reinauguración del Teatro en 1981 con la representación de «Alcañiz por dentro» y cuando compartió el nacimiento del periódico La COMARCA, en el que tuvo una columna de opinión.
De Alcañiz de marchó para estudiar Medicina en la Universidad de Zaragoza. En el doctorado se decantó por Historia de la Medicina y realizó su tesis doctoral sobre el Hospital de Alcañiz. Elaboró un texto que demostró la importancia de la ciudad ya desde el siglo XV, el de la creación del Hospital de San Nicolás de Bari, fundado en 1418 por la unión de cuatro pequeños hospitales existentes desde la Edad Media y del que en este año se cumplen 600 años.




