Para muchos de nosotros, Agustín Sanchez Vidal es el estudioso que nos abrió la puerta a la intimidad de Buñuel, Lorca y Dalí en ese fabuloso libro que le valió el Premio Espejo de España. Para otros es el catedrático de Historia del Arte con más de sesenta sobre literatura, arte y cine. Y para otros, aquellos que han leído las novelas históricas por donde últimamente transita este zaragozano de adopción, es un autor de escritura acertada, entretenida y culta. Sin embargo, la sorpresa nos llega ahora, en esta su última novela íntima e intimista, plagada de añoranza ante un tiempo pasado que todavía permanece en la memoria rural de muchos de nuestros mayores. Una novela bella pero de duros recuerdos, surcados como estrías en la piel, llena de vida, de humor y de un lirismo seco capaz de cortar el ritmo de la lectura para pensar, para añorar: «VIÑETAS»…
Miguel regresa por unos días desde la universidad estadounidense en la que trabaja hasta el pueblo donde nació tras la muerte de su hermano Antonio, reclamado por su hija Julia para tratar asuntos de herencias y tierras. Esta, que vive en la vieja casa de los padres, se ha hecho cargo de las tierras defendiéndolas de la voracidad urbanística. Sin embargo, la intención de Miguel es romper definitivamente los lazos con el pasado, vendiendo todo aquello. Su hija intentará convencerlo del valor de esos terrenos, y para ello utilizará los testimonios del hermano muerto que fue atesorando: escritos, grabaciones, pero sobre todo dibujos y viñetas, que harán que Miguel empiece a reconciliarse no ya con su hermano siempre ausente, sino con todos sus recuerdos, con su infancia y adolescencia (los tebeos del Capitán Trueno y Roberto Alcázar y Pedrín, las primeras proyecciones del cine y su amor por Sara Montiel, el juego de canicas, el frío de la escuela, los primeros amores…), pero también con su padre, áspero y violento, pero que se dejó la vida entre azadones y hoces para que él y sus hermanos salieran adelante.
Sanchez Vidal no idealiza el campo, la tierra, el trabajo de los campesinos en las míseras décadas de los años 40 y 50, lo que hace es recordarnos con un escalofrío el sufrido, fatigoso y desmedido trabajo de todos aquellos hombres y mujeres que dejaron su cuerpo y alma en nuestra tierra. Haciéndonos ver que todo lo que ahora somos y poseemos se lo debemos a esa generación a la que deberíamos devolverle una tierra más sana.Una buena, muy buena novela, en definitiva.




