En cuerpo y alma se ha entregado Alcañiz este 9 de septiembre a su patrona, la Virgen de Pueyos. Ya nadie se acuerda del madrugón, ni tampoco de lo que pesa trasnochar, porque todos los males se quitan en cuanto al punto de la mañana se pone un pie en el Santuario de Pueyos. Es como hay que empezar cada 9 de septiembre en la capital bajoaragonesa, que solo lleva un día de fiestas pero que ya está echando toda la carne en el asador. Y queda mucha mecha que quemar todavía.

La subida a Pueyos, con las jotas y con las campanas tocando y anunciando la llegada de los caminantes hasta arriba, alegra el alma. Este miércoles ha vuelto a ser el lugar de encuentro, de reencuentro y también de recordar a quienes no están físicamente pero que son inmortales en la memoria de quienes siguen subiendo hasta el santuario. Por eso el día de Pueyos es un día muy grande. Para muchos, "es el día más especial". Óscar lo tiene claro mientras vigila la panceta. Es uno de los cocineros de la Peña La Bota, que insiste en que "el menú se mantiene".

También lo mantienen en La Ziñacla, donde el cocinado de huevos va a destajo para las veinte personas que se van a sentar a la mesa. "Esto requiere de una preparación porque tenemos al experto que parte los huevos, al experto que los fríe y al experto que echa la sal, que soy yo", explica Juan Antonio Mir. Y así es, la coordinación es clave. Tampoco cambian el menú, aunque el año pasado apostaron por migas. "Y todo es kilómetro 0: los huevos de Samper de Calanda y el aceite de Reales Almazaras", apuntan.

A unos metros otro grupo se las ingenia para frenar el aire que se va despertando a la vez que lo hace la mañana. Se han organizado en unas mesas con varias sartenes y unos cartones a modo de parapeto. Todo está muy vigilado porque son unos cuántos echando mano de los fogones y todo fluye. Son de la quinta del 77 y, además, peña. "Después de pasar el año de quintos, hicimos una peña que es más gastronómica que otra cosa, aunque algún viaje hacemos también", explica José Miguel Carbó, uno de los cocineros. "Siempre somos los mismos cocineros, pero es que en esta peña cada uno tiene su papel", añade. Cocinan para unas 35 parejas y también ofrecen a quienes se acercan, por lo que más de uno ha visto amanecer en Pueyos mientras empezaba a colocar toda la infraestructura.
Pueyos es cosa seria y por eso en el Síndrome también se han afanado en preparara fogones, mesas y hasta grifo de cerveza. En esta peña son unas 70 personas y cuentan con presidencia. En este caso es Carmen González y se despide tras dos años en el cargo. "Somos seis grupos y nos organizamos así, cada dos años uno de los grupos se encarga de la gestión y preparar las fiestas, y mi balance de estos dos años es muy bueno porque nos llevamos todos muy bien y somos una peña muy familiar", dice. "El menú es el mismo siempre: huevos fritos, panceta, choriceta y longaniza, es la tradición", sonríe.

Las brasas van tomando fuerza a media mañana mientras al otro lado del santuario avanza la misa de campaña, pero las peticiones y los agradecimientos a la patrona se lanzan desde toda la explanada. "A nuestra edad, ¿qué le vamos a pedir? Le pedimos salud para nosotros y para nuestras las familias", dice Antonio Muniesa mientras toma aire. Se emociona y su amigo le echa un capote: "Y que nos sigamos viendo aquí muchos más años". Asienten todos reafirmando este deseo. Comparten viandas, entre otras, unas olivas del Bajo Aragón, y son amigos y quintos. Más concretamente nacidos en 1945.

Alcañiz se reúne en Pueyos, donde el alcalde también tiene sus peticiones. "Que los alcañizanos sigan teniendo la paciencia que han tenido con las obras, las cosas no siempre son tan rápidas como nos gustaría", dice Miguel Ángel Estevan. Va vestido con el traje baturro, una tendencia que cada vez se va extendiendo más entre la corporación municipal.

Los ramos de flores van llenando el manto de la virgen en el exterior de la ermita. La ofrenda ha sido larga con muchos oferentes en fila esperando a entregar sus ramos en señal de agradecimiento. Muchos peinan canas y llevan tantas ofrendas como años tienen. Para otros es su primera vez. Edelweiss no se pierde ni un detalle de lo que pasa a su alrededor. A sus ocho meses va en los brazos de su madre María Milián Salafranca y junto a su hermana Sabina, que no se separa de ella y que tiene muy claro qué es lo mejor de Pueyos: "Me gusta este día porque me gusta salir vestida de baturra con mi madre", dice. "El madrugón es grande, pero somos alcañizanas y me hacía mucha ilusión vestir por primera vez a la pequeñina con su hermana y, además, su padre y su hermano salen de cabezudos, así que, toda la familia aquí", apunta la madre.

Cierre de la ofrenda con las flores de los cabezudos
Los cabezudos han sido quienes han puesto el broche a la ofrenda al cambiar los látigos por flores. Se han sumado a la fila con sus ramos y los han ido entregando a la patrona para que la quinta del 60 que este año se encarga de la celebración, terminase de tejer el manto en la roca sobre la que se asienta la imagen. Han seguido tomándose fotos y saludando a todo el que ha solicitado un choque de manos. Los cabezudos son parte de la fiesta, y una parte indispensable.
El respiro de los quintos
La mañana ha sido tensa para la quinta que se encarga este año del santuario. Ha sido una tensión provocada por el deseo de querer hacerlo lo mejor posible y que todo salga bien. "Esperemos que todo el mundo haya quedado contento, llevamos un mes organizando solo este día, que es el que más esperamos como quinta", dicen Joaquín Mir y José Antonio Pedrós, tesorero y secretario de la quinta de los nacidos en 1960. Antes de las seis de la mañana ya estaban en Pueyos esperando a todos.
"Traemos muchas emociones, y cuando ves que todo va saliendo bien es una satisfacción enorme", añaden. Les queda trabajo, porque el Día de Pueyos es el más visible pero la labor es callada durante todo el año. Su huella la dejarán en la casa de "la monjita", además de ocuparse de abrir y cerrar el santuario cada semana, su mantenimiento diario -que incluye el entorno natural- y la gestión de las diferentes salas que todo el año se alquilan para diferentes celebraciones ya sean sociales o deportivas también.
Como recordó Juan Esteban, el párroco que dio la enhorabuena públicamente a las quintas, "el santuario no es solo este lugar físico, también está en nuestros corazones". Con su singular simpatía animó a los presentes a hacerse con los calendarios, cuyos beneficios van destinados a sufragar diferentes arreglos como un retejado y cambios de ventanas. El broche a la misa fue el canto del Himno de la Virgen de Pueyos, que él mismo comenzó a entonar animando al resto de voces que le siguieron desde la primera frase, la que comienza con un sentido '¡Oh, Virgen de Pueyos!'.

























































