Más de cien años han pasado desde que el primer burro tiró de la Noria de Sangre de Miraflores. Tras sufrir por las sequías del verano, en 1920, dos familias, «la del cura» y la de Xavier Máñez, decidieron excavar un pozo de nueve metros de profundidad para extraer agua y poder regar los campos. Ambas familias se quedaron con los derechos de explotación y crearon, junto al pozo, una balsa que servía para almacenar el agua que se distribuía a izquierda y a derecha. «Cobraban por cara balsa que sacaban a los agricultores para regar para poder financiar lo que se habían gastado en la infraestructura», explica Máñez.
El llamado pozo, que por desuso ha terminado por romperse, ha resultado ser un bien de gran valor. Se le denomina Noria de Sangre, debido a que funcionaba con la fuerza de un animal, y es la única en España de principios del siglo XX, que queda con todos sus elementos de metal y unida a la infraestructura agraria. Esta noticia llegó a la huerta de la mano del vecino Michael Hegemann, un geógrafo especialista en planificación urbana, territorial y regional que está jubilado y procede de Alemania, que eligió Miraflores como su lugar idóneo y "privilegiado" para retirarse junto a su mujer.
Máñez no podía salir de su asombro la primera vez que Hegemann le habló sobre su pozo: «No sabía que él era un profesional de poner en valor cosas que pasamos desapercibidas la mayoría, cuando tienen valor patrimonial». En este sentido, el ex geógrafo insiste en que esta infraestructura es de especial interés porque «permite comprender cómo se trabajaba y se aprovechaba el agua antes de la generalización de las bombas eléctricas».
La llegada progresiva de motores de combustión y posteriormente de bombas eléctricas acabó sustituyendo este tipo de instalaciones. En Miraflores, el lugar ha continuado vinculado al aprovechamiento del agua y, es más, la balsa sigue teniendo una función agrícola.
Ayudas públicas
Para restaurar la noria, Hegemann estima que serán necesarios entre 80.000 y 120.000 euros. Debido a las filtraciones de agua en el terreno, la estructura de ladrillo ha cedido al peso del eje de la rueda y se ha partido prácticamente por la mitad, afectando a distintas partes del pozo y piezas. El fondo también ha quedado tapado por tierra sedimentada, dejando por debajo una capa de agua de un par de metros.
La cuantía para recuperar la infraestructura es demasiado elevada para plantear una financiación privada, por lo que el dueño ha solicitado la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del Gobierno de Aragón. Además, su objetivo es que pase a formar parte del patrimonio de la huerta caspolina y sea un elemento de interés para el público. Sin embargo, la propuesta de restauración no plantea únicamente reconstruir una máquina con fines expositivos. El objetivo sería conservar el conjunto como parte de un paisaje agrícola vivo, manteniendo al mismo tiempo el uso actual del agua mediante sistemas modernos.
La firma de la petición para declaración como BIC, junto al pozo y en uno de los invernaderos de Máñez, formalizó a mediados de octubre un paso que respaldan un centenar de vecinos de Miraflores y Zaragoceta, junto con la asociación vecinal. «Es ilusionante poner en valor esta noria», destacó Máñez durante el acto.
Varias generaciones unidas al pozo
Casi no hay vecino de la huerta que no tenga algún recuerdo especial junto a esta noria. Carlos Camón, por ejemplo, la tiene nada más salir de su casa. «Es una pena que esté así de deteriorada. Que se restaure y pueda estar en funcionamiento para que la gente la aprecie sería muy bonito e interesante», apuntó. Su familia es de las pocas que mantienen un burro en su terreno, como los que se empleaban para tirar del pozo.
Entre risas, además, compartió alguna anécdota: «Yo no lo recuerdo, pero dicen que en mi comunión se usó de nevera para la bebida. También me han contado que cuando había sequía, el burro a lo mejor se tenía que pegar toda la noche dando vueltas para poder regar las hortalizas», contó Camón.
De hecho, la velocidad de extracción de agua de esta noria tiene una particularidad y es que, con un burro, nunca se llega a vaciar, debido a que saca el agua más o menos al mismo ritmo con el que vuelve a entrar por filtración por capa freática. De hecho, el pozo no está construido directamente sobre el punto de toma de agua, sino a cuatro metros de distancia y está conectado con un túnel construido en piedra. «Alguna vez me he tenido que meter para limpiarlo», añadió el dueño.
La Noria de Sangre de Miraflores no es el único elemento de valor que el vecino alemán ha encontrado en la huerta. De momento, ha encontrado 15 enclaves como la ermita, la antigua fábrica de vidrio o el histórico sistema de riego, que espera poder incluir en un plan de mejora para la zona. "Primero vamos a conseguir recuperar la noria y luego veremos el resto", señala Hegemann.
Historia de las norias de sangre
Las norias de sangre fueron durante siglos habituales en numerosos territorios agrícolas de España, especialmente en las zonas mediterráneas y del valle del Ebro. Sin embargo, la modernización de la agricultura durante el siglo XX provocó la desaparición de la inmensa mayoría. Muchas de ellas fueron desmontadas cuando dejaron de utilizarse y sus estructuras de madera terminaron por desaparecer, mientras que los engranajes metálicos pasaron a ser chatarra.
Por este motivo, los ejemplares que todavía conservan parte importante de su mecanismo son muy escasos, apenas unas decenas, y muy pocos en el caso de buscar instalaciones relativamente completas. Dentro de ese reducido grupo, las norias construidas fundamentalmente con componentes metálicos representan una tipología especialmente singular.
La de Miraflores permite, además, observar todavía la relación entre el mecanismo, el pozo, la balsa y el terreno agrícola para el que fue construida. "No se trata, por tanto, únicamente de conservar una antigua máquina, sino de proteger un conjunto que ayuda a interpretar cómo funcionaba históricamente la huerta", añade el geógrafo alemán.
La noria representa también un momento muy concreto de la transformación tecnológica del campo español. Durante siglos, estas máquinas se fabricaron principalmente con madera y materiales disponibles en el propio territorio. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando comenzaron a incorporarse engranajes, ejes y cadenas de hierro fabricados industrialmente.
La instalación caspolina pertenece precisamente a esa etapa intermedia: mantiene el principio de funcionamiento tradicional mediante animales, pero introduce componentes metálicos propios de una nueva época industrial. Esta circunstancia resulta especialmente significativa porque la electrificación ya había comenzado a llegar a Caspe y a su entorno. La coexistencia de ambos sistemas muestra que la modernización de las zonas rurales no fue inmediata, sino un proceso progresivo en el que durante décadas convivieron tecnologías tradicionales y modernas.










