Hablar de Eva Salvador es hacerlo de una parte esencial de la Semana Santa calaceitana, ese engranaje muchas veces invisible a ojos del gran público pero que es clave para que todo salga adelante. Forma parte de la junta de la única cofradía de la localidad, la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y la Santa Espina; y se encarga de las peanas y de los arreglos florales que se colocan el Jueves Santo. También de lavar, planchar y arreglar las túnicas junto a otras mujeres. Eva también procesiona con una vela pero siempre pendiente de que nada falle.
Su devoción por la Semana Santa se la transmitió a su marido, Joaquín, natural de Mazaleón y que enseguida se involucró en la localidad portando el paso más característico y el único que no ha pasado a llevar ruedas, «lo Llit», hasta hace unos pocos años, cuando lo tuvo que dejar por problemas de espalda. Su hijo Andrés es portante desde hace unos siete años de diferentes pasos aunque ahora se ha centrado en el Nazareno, al que saca junto a su cuadrilla de amigos. Por su parte, Luis toca el tambor desde hace años. De pequeños pasaron por diferentes «etapas» representando a angelitos, hebreos y penitentes en las procesiones.
Eva heredó su labor en la Semana Santa calaceitana de su madre hace unas dos décadas. Conchita Jasá tiene ahora 85 años y ya está retirada pero estuvo muchos años colaborando de forma voluntaria junto a otras mujeres. Juntas arreglaban los pasos con las flores y ayudaban a vestir a los cofrades con las vestas (nombre por el que en Calaceite se conoce a las túnicas). El epicentro era la antigua iglesia de Sant Roc, donde durante el año que guardan las peanas y las túnicas, que son propiedad de la cofradía. Este templo aún conserva la caldera con la que se producía la cera con la que antaño se fabricaban las candelas, los grandes cirios.

Este grupo de mujeres también invitaba a los portantes de los pasos al finalizar la procesión del Viernes Santo. Este encuentro hoy aún se mantiene pero con la diferencia que antaño todo lo que se servía en el Patronat eran platos que Conchita y sus amigas preparaban en sus casas. «Entonces todos los pasos se portaban al hombro y llegaban cansados», recuerda la calaceitana.
Conchita también procesionaba junto a otras mujeres luciendo un abrigo negro. Bien portando el estandarte o uno de sus dos cordones o acompañando a los pasos con un cirio grande tanto el Jueves como el Viernes Santo. No era la única en la familia. Su marido también procesionaba y colaboraba ayudando en la llamada mesa petitoria (la que cobraba las cuotas en la Iglesia).
En aquellos años se hacían las velas. Los hombres se pasaban toda la noche del Jueves al Viernes Santo velando al Santísimo. Aquella tradición terminó y ahora después de la procesión se celebra la Hora Santa. La vela se retoma el Viernes Santo por la mañana con el Vía Crucis, se descansa al mediodía y a las 15.00 se vuelve a abrir la Iglesia hasta los Santos Oficios (19.30).
Otra de las características es que cuando la procesión del Jueves Santo llega a la plaza cesan el toque de los tambores y el cura, el coro, los ángeles y los hebreos suben hasta el salón de plenos del Ayuntamiento para orar y cantarle al Santo Cristo ubicado en una pequeña capilla con la plaza en silencio.
Otro momento «muy emotivo» se produce cuando al terminar la procesión del Viernes Santo la Dolorosa y lo Llit se encuentran en el Altar Mayor y se entona la Salve Dolorosa, una pieza que solo se canta en Calaceite.








