Ya va siendo hora, sabios lectores, de que recomendemos y nos enfrentemos a uno de los grandes narradores europeos contemporáneos –aunque reconozco que no va a ser fácil–, al cual le ha sido otorgado este año el Premio Nobel de Literatura; me refiero al húngaro Laszlo Krasznahorkai (1954).
De su amplia obra –editada casi toda en España por la exquisita editorial Acantilado– me he decantado por una novela fascinante y exuberante: El barón Wenckheim vuelve a casa, en la cual, y como siempre, con su fascinación por la búsqueda de sentido y peculiar ritmo narrativo, el autor nos adentrará en los laberintos de la existencia humana.
Al sentir próxima la muerte, el barón Béla Wenckheim, que ha pasado buena parte de su vida exiliado en Argentina, decide regresar a su Hungría natal con la esperanza de reencontrarse con Marika, la mujer cuyo rostro y sonrisa nunca olvidó. Béla se enfrenta al país del que había salido, siendo un adolescente, hacía casi cuarenta y seis años. La exploración del tiempo y del espacio, nos dice la crítica Ana Calvo, como fuerzas implacables que modifican la realidad, es una de las constantes narrativas de la obra.
La ciudad ha cambiado, y él también lo ha hecho; el paso del tiempo ha dejado su huella en su cuerpo y en su alma, y lo que antes parecía ser refugio de poder y prestigio es ahora un escenario desolado y casi irreconocible a causa de las deudas contraídas en los casinos de Buenos Aires. Los lugareños, que desconocen su estado, planean sacar provecho de él y de su supuesta fortuna, como si fuera un salvador capaz de dar solución a todos sus problemas. En la ola de rumores y malentendidos, cada vez más extravagantes, participarán hasta los políticos y periodistas de la región.
El regreso del demacrado y solitario barón es simbólico, un intento de confrontación de la identidad personal y colectiva, donde los recuerdos son cada vez más borrosos y la nostalgia de lo perdido se convierte en un peso insoportable. El barón Wenckheim vuelve a casa es una novela profunda y cargada de significados, de personajes excéntricos y de situaciones kafkianas, a través de las cuales Krasznahorkai alza una fuerte crítica política y social e invita a reflexionar sobre la inacción frente a la mediocridad, la opresión y los estragos de la injusticia. Con un estilo narrativo épico y exigente, que recuerda al de Faulkner, Beckett o Thomas Bernhard, caracterizado por la ausencia de puntos y seguidos y plagado de repeticiones y monólogos compulsivos, presenta un mundo que busca un hogar irrecuperable, que se desintegra y anhela una redención.
A pesar de lo sombrío de su tono, es una novela de una belleza perturbadora que insinúa cierta esperanza en la capacidad del arte para ofrecer belleza y consuelo en medio de la desolación.
Confieso que la lectura de este maravilloso libro es difícil y exige cierta tenacidad, pero aquel lector que con paciencia y sin prisa se adentre en ella hallará una recompensa como pocas veces la encontrará en la Literatura de gran calidad.
Miguel Ibáñez. Librería de Alcañiz




