Andando el tiempo he comprendido que la huida del campo a la ciudad tuvo su origen en el desprecio que el campesino sentía hacia su vida en el campo, en la que el tremendo esfuerzo realizado no tendría más recompensa que acabar un día criando malvas. Era aquel un mundo cerrado y circular, que giraba siguiendo el ritmo de las estaciones para retornar siempre al mismo punto de partida. En realidad huyeron de esa fatalidad y del abandono. Creían, contraviniendo sus principios más arraigados, que era mejor estar sometidos a un amo que ser esclavos de la tierra. Muchos se arrepintieron después, pero ya no había remedio".
Demasiado, en verdad, se ha escrito en estos últimos tiempos sobre la tierra olvidada y los pueblos abandonados en esta España melancólica en la que nos ha tocado vivir. Sin embargo, pocos, os lo aseguro, lo han hecho con la belleza y dureza y maestría del soriano ABEL HERNÁNDEZ (1937). Creo que es porque él transita por esos paisajes agrestes como si fuera su casa. Y es que así es. ABEL nació en Sarnago, ese pueblo de la provincia de Soria, ya casi deshabitado, que fue fuente de inspiración de Julio Llamazares para escribir "La lluvia amarilla", gracias al testimonio de su último habitante.
En "EL CABALLO DE CARTÓN", este escritor y periodista -con múltiples premios y reconocimientos- retoma el escenario ya explorado en otras obras suyas, como en "Historias de la Alcarama", ese espacio desértico y mágico de las tierras altas de Soria que describe magistralmente. El punto de partida es el reencuentro en la casa abandonada donde nació, del diario que escribió a los once años y del caballo de cartón que le regalaron un día de Reyes. A partir de ahí, retornan a él los recuerdos de personas, de sucesos, de costumbres, con la detallada descripción de la vida en el campo y del paso de las estaciones como hilo conductor de esta narración bellísima e inolvidable.
ABEL HERNÁNDEZ, que admira a los escritores de la Generación del 98 (Machado, Unamuno, Azorín…) no tiene, sin embargo, su visión un tanto idealizada de Castilla, como nos dice el crítico Luis Ramoneda. "Él conoce su tierra desde dentro y, como Miguel Delibes, más bien trata de mantener la memoria de un tiempo pasado y de unas costumbres que se desvanecen".
Si además añadimos que la prosa que utiliza es una auténtica delicia, con la utilización de un vocabulario hoy ya casi en desuso (al final del libro hay incluido un glosario), tenemos entre la manos un relato verdaderamente hermoso, de alta literatura, y que conforma "un homenaje a una tierra y a unas personas concretas, con un trasfondo que ayuda a pensar sobre la precaria grandeza de la condición humana".
Miguel Ibáñez. Librería de Alcañiz




