Fayón realiza en este 2017 diversos actos para celebrar los 50 años del nuevo pueblo, tras anegarse el antiguo bajo las aguas del pantano
"Dinero, documentos y suban arriba" era la frase más repetida durante la mañana del 20 de noviembre de 1967. La Guardia Civil recorría las calles del antiguo pueblo de Fayón alertando a sus vecinos y exigiéndoles que abandonarán su hogar. A varios kilómetros les esperaba una nueva casa, en el mejor de los casos, o un barracón, en el peor. Enher había dado la orden de embalsar y a Fayón le quedaban escasos días para sumergirse bajo las aguas de un imponente pantano. «Estábamos en la Sociedad y nos alertaron de la situación. Mi abuela cogió su silla y a mi madre aún le dio tiempo a coger las sábanas de la cama», describe Josefa García, en aquel momento una jovencita de 17 años.
Junto a ellos otros muchos que intentaron salvar los objetos personales, muebles y cualquier elemento que pudieran. Poca cosa pudieron extraer. «En las casas que tenían dos pisos, subíamos las cajas a la segunda planta porque la primera ya estaba inundada. En las calles había barcas y el agua nos llegaba a la rodilla», relata Jose Sales, otro de los testigos de ese fatídico día. Los fayonenses no olvidan la situación dramática de una madre dejando a los pies de un camión a su bebé para evitar el exilio de su pueblo. «Fue muy dramático dejarlo todo. Teníamos un pueblo bonito, con mucha vida y encanto. Nos fuimos a otro sin terminar. Para la gente mayor fue una agonía», cuenta García. Sigue en sus mentes el sonido ensordecedor de las explosiones que dejaron en ruinas todo el pueblo para que éste fuera muriendo poco a poco y con el paso de las horas bajo las aguas. Sumergiendo, así, los recuerdos de niñez, los hogares de los bisabuelos y toda una vida.
Cincuenta años después, Fayón echa la mirada atrás y hace balance de un episodio crítico en su historia. Prueba de ello, es que en el año 67 contaba con un censo de 1700 habitantes, hasta el nuevo pueblo se desplazaron 750 y en la actualidad cuenta con cerca de 400. «Beneficios tuvimos pocos. No se consiguieron como en otros pueblos compensaciones y lo seguimos arrastrando», comenta Emeterio Cabistany. «El pez gordo siempre se come al pequeño. Fue, es y será. En cada proyecto que se emprende no siguen poniendo piedras en las ruedas», insiste García.
A pesar de ello sus gentes continúan con ese espíritu de supervivencia que les caracteriza. Luchando a contracorriente e impulsando proyectos como la navegación del embalse, una zona de coworking o nuevos regadíos con los que asentar población. Y sin olvidar ese amor - odio hacia el embalse.







