Se han infiltrado en hogares de Hong Kong, en tiendas de Vancouver, en las calles de Sierra Leona, en plazas de Oaxaca, en dormitorios alemanes. Están por todas partes. No son mascotas ni fantasmas, ni robots. Son personas reales, pero ¿cómo puede alguien desde Lima caminar libremente por el salón de una casa en Barcelona? ¿Cómo puede un desconocido en Bangkok desayunar con tus hijos en Buenos Aires sin que tú lo sepas?
Kentukis es una de las mejores novelas de la argentina Samanta Schweblin (1978), la autora que se ha afianzado ya como una de las voces más importantes y fascinantes de la literatura en lengua castellana. Sus múltiples premios, traducciones y, sobre todo, el fervor de sus lectores, así lo afirman. Lo genial de ella no es lo que nos dice, sino cómo nos lo dice: de una manera brillante e hipnótica nos adentra en sus mundos enigmáticos y, a veces, aterradores; porque lo que Schweblin escribe no es ciencia ficción, lo aterrador es que puede ser ahora, en estos mismos momentos de nuestras vidas.
Nos plantea un escenario muy parecido a nuestro entorno actual, en el que se populariza —a escala global— un "juguete" tecnológico que entra en la privacidad de los hogares: un kentuki. La crítica Andrea Miliani lo describe como "una fusión entre una aspiradora robot con un osito de peluche con cámara oculta".
El giro interesante es que cada kentuki es controlado por una persona, un desconocido, que puede estar en cualquier parte del mundo. El dueño del aparato solo puede verlo desplazarse, moverse. El dueño del robot, el "alma" del muñeco, debe usar una tablet con la que puede ver, escuchar y controlar el aparato, pero no hablar ni comunicarse con su "dueño". No se puede apagar. No se puede elegir al kentuki ni al espía que estará observando tu intimidad todo el día. Si se descarga, el kentuki muere.
Aunque lo verdaderamente aterrador de esta novela es que narra nuestro presente como una profecía de la que no podemos escapar; y es que todo el mundo quiere tener un kentuki en casa.
Alguien ha dicho que Schweblin no es una escritora de ciencia ficción, es una escritora realista.
Y vosotros, lectores, ¿os habéis parado a pensar si vuestra aspiradora robot pueda tener una cámara incorporada y que alguien os observe constantemente?
Miguel Ibáñez. Librería de Alcañiz




