El movimiento que genera la campaña agrícola en el Bajo Aragón-Caspe pone de manifiesto que, aunque las condiciones laborales mejoran, no lo hace la disponibilidad de vivienda. Las fincas más grandes pueden acometer inversiones para instalar alojamientos temporales para trabajadores, sin embargo, no es el caso de los agricultores pequeños y medianos. Son más de 3.000 temporeros los que se desplazan hasta la comarca en busca de trabajo durante una temporada de recogida de fruta que, este año, se ha retrasado unos quince días. Desde UAGA recuerdan que, precisamente, las fincas de menor tamaño afrontan campañas más cortas y la logística para ellos es más compleja.
A la llegada de los temporeros se suma el hecho de que la población en la comarca crece y, en el caso de la inmigración, lo ha hecho en más de un 45% desde 2010. La falta de opciones a la hora de alojarse provoca que todos los años se den los llamados «pisos patera». Viviendas en las que pueden llegar a convivir a la vez hasta 25 personas, según apunta la Asociación de Inmigrantes Magrebíes del Bajo Aragón-Caspe. Por ello, la Policía Local intensifica los controles durante la campaña en estos domicilios masificados. Explican que lo habitual es encontrar casas completas, de hasta tres pisos, con una decena de personas. «Lo normal es que no sea muy acusado, pero nos hemos llegado a encontrar casos de viviendas con 20 personas y lo que se conoce como cama caliente», apunta el policía, Carlos Higuero. Según el procedimiento, cuando detectan una irregularidad, deben informar al Ayuntamiento, que interpone una denuncia administrativa.
Una solución que el presidente de la Asociación comarcal de Inmigrantes Magrebíes propone es la creación de un albergue para trabajadores temporales. No obstante, esta idea se encuentra lejos de llegar a buen puerto, ya que la responsabilidad del alojamiento recae en los propietarios de las fincas, argumenta la alcaldesa caspolina, Ana Jarque. «Las fincas tienen que poner vivienda sí o sí», valora.
La primera edil resalta que la labor del Ayuntamiento se ciñe a la habilitación del servicio de duchas, alimentación y orientación, que se ofrece en el edificio de Cruz Roja. El servicio lleva abierto desde el 5 de mayo y se han registrado siete pases de ducha. Todavía no han llegado los lotes de alimentación, que no tienen fecha todavía, aunque se espera que no tarden. Como novedad, este año el servicio de duchas y comida se unifica y se ofrece en el mismo horario, tanto de mañanas como de tardes. «Al haber solo una persona contratada es más fácil organizarlo de esta manera», explica la responsable de la campaña en Comarca, Ana Mosteo. Este punto de ayuda dirigido a trabajadores en Caspe y con la documentación en regla estará disponible hasta el 5 de julio, fecha aproximada en la que termina la temporada de la fruta.
Mano de obra cubierta
Pese al problema de la vivienda, las necesidades de contratación de los diversos agricultores quedan cubiertas cada campaña y, este año, no será diferente. En Caspe, la finca de Santa Bárbara apunta que la maduración de la cereza temprana no ha sido uniforme. Mientras esperan a que las temperaturas suban, se dedican a otras actividades como el aclareo de melocotoneros o su embolsado. Respecto a las necesidades de trabajadores, desde la finca explican que no han tenido ningún problema a la hora de contratar y tampoco se ha desarrollado ningún incidente. Sus trabajadores acuden desde Caspe o Alcañiz, además de otros puntos de la comarca Bajo Aragón-Caspe. Respecto a las previsiones de la fruta, esperan que la calidad de la cereza sea «muy buena» y que la cantidad acompañe también. Asimismo, producen otros frutos como albaricoques, nectarinas, melocotones o peras.
Las heladas y el granizo han comprometido la campaña, aunque la previsión general es buena. El albaricoque ha sido el principal afectado por las bajas temperaturas y el pedrisco, que también ha mermado parte de la producción de melocotón. El granizo no ha provocado daños generalizados, pero sí ha afectado gravemente a unos pocos productores. «Hay zonas donde los daños son de hasta el 100 %», comenta Laura Redondo, secretaria comarcal de UAGA. Las áreas donde se registró granizo fueron mayoritariamente en Caspe y las zonas denominadas Picos, Val de Azó, Zaragoceta o Capellán. En Chiprana, aunque cayó algo de granizo, lo hizo con «mucha agua», lo que no provocó afecciones, explica Rafa Guardia, agricultor.
Desde UAGA todavía no se ha delimitado una previsión de la campaña, aunque se estima que no varíe demasiado con respecto al año pasado, que se estimó en 600 millones de kilos de fruta de hueso y 300.000 kilos de fruta de pepita, en todo Aragón.
El trabajo en el campo es considerado por muchos empleados el «más duro». Les ofrece la posibilidad de encontrar un futuro mejor no solo para ellos, sino también para sus familias. Muchos de ellos tan solo están de paso en el territorio y, al acabar el trabajo, recorren otras zonas como Valencia, que inicia la campaña de la naranja poco después de terminar la del melocotón en el Bajo Aragón-Caspe. Una minoría, por otro lado, encontró en esta temporalidad su trampolín para poder asentarse en el territorio.
Testimonios del campo
En una finca en Nonaspe, Violeta Koleva y Marian Vintila comparten trabajo e historias. Koleva llegó al municipio en 2005 desde Bulgaria con su familia. «Al llegar, enseguida empecé a trabajar en el sector primario y todo ha evolucionado. Me gusta el día a día y en el campo hemos formado como una familia. Lo pasamos muy bien y eso es importante». Habitualmente, trabaja de abril a octubre, pero hacía dos años que no había vuelto de Bulgaria para trabajar en la campaña. Por su parte, Vintila llegó hace 18 años a Nonaspe gracias a un amigo que ya trabajaba en la zona. Desde entonces, no ha regresado a Rumanía, su país de origen, y ha decidido establecer su proyecto de vida en el pueblo. Trabaja durante todo el año en el campo y, además, desde hace tres años es el encargado de la finca. Tener trabajo durante todo el año le ha permitido forjar un proyecto de vida en el municipio y formar una familia. En Nonaspe compró una casa y allí nacieron sus dos hijas gemelas, Sara y Eva, que ya han empezado el colegio. «No creo que regrese a Rumanía, soy un nonaspino más (ríe)».
Los testimonios de nuevos pobladores atraídos por la campaña agrícola se repiten por toda la comarca. En Caspe, se encuentra Thierno Mbengue, que tras 27 años en España ya tiene la doble nacionalidad, española y senegalesa. La crisis del 2008 hizo que Mbengue tuviera que volver a buscar trabajo en el campo y, en 2010, así lo hizo en Caspe en la finca San Miguel, que, a día de hoy, ha pasado a llamarse Cinca Grupo. «Llevo 15 años con ellos y estoy muy contento. Ellos me quieren hacer fijo, pero yo prefiero seguir como fijo discontinuo. Ahora trabajo en la cámara, llevando el toro. En invierno, ejerzo de técnico de malla, también podo y, en septiembre, ayudo en los injertos», detalla. Durante la campaña, añade, comparte trabajo con más senegaleses y marroquíes, llegando a estar hasta 100 empleados para la recogida de la fruta. Mbengue procede de Dakar y asegura que él no se va a mover de Caspe: «Estoy muy bien».

La campaña agrícola ha sido un factor importante en el crecimiento de la población inmigrante, que ha aumentado en un 45 % en toda la comarca, con 4.186 censados en 2022. El municipio que más incremento ha experimentado ha sido Chiprana, que de contar con nueve habitantes extranjeros en 2010 ha pasado a tener 193, doce años después. La capital comarcal, Caspe, es la localidad que más población inmigrante suma, con más de 2.800 personas. El trabajo ha permitido establecer una base en el territorio y la posterior reagrupación familiar ha tenido un impacto fundamental posterior. Desde la asociación Boolo Moy Doole, de población senegalesa, explican que el municipio ofrece oportunidades de formación a través de entidades como el centro de adultos, que favorecen la inserción laboral. «En los últimos tres años hemos crecido mucho. Al principio éramos unos 30 y ahora estaremos en torno a los 100», indica su presidente, Moor Ndao.
Falta de servicios
Sin embargo, también denuncian la falta de servicios que encuentran en el medio rural y, más en concreto, en Caspe. Tanto la asociación de la población magrebí como la senegalesa señalan que las oficinas del SEPE, INAEM y los despachos de los sindicatos CGT y Comisiones Obreras han cerrado. «Esto implica que tenemos que desplazarnos a Zaragoza o Alcañiz y, sobre todo para los temporeros, es difícil», ha recalcado el presidente de la asociación magrebí, Walid Ayabi.
En el caso del SEPE, la directora del INAEM de Caspe, Cristina Jara, ha remarcado que va a ser «un problema». Solo entre enero y abril se dieron de alta a 1.466 personas, de las cuales 1.063 eran extranjeras, lo que hace apuntar que muchos de estos contratos corresponden al sector primario.










y el paro a reventar!!!
Vete tú que hay plazas
Menos chiringuitos y más servicios públicos: SEPE, Seguridad Social y Servicios Sociales.
pues no será por la de casas y edificios vacios en ruinas que hay en Caspe , que son un peligro y da ascos
Si no fuera una explotación brutal mal pagada en semiesclavitud, sobraría gente para trabajar en el campo. Los del tractor de 200 mil euros os bajáis y empezáis a currar.
Lo que no cuadra es que vienen porque los españoles no quieren trabajar en el campo y lo segundo, igual si se pagara mejor habria mas gente dispuesta a trabajar en el campo. Nos hemos vuelto muy señoritos.