Durante años, Ricardo Domingo (Barcelona, 1969) buscó la inspiración lejos del Matarraña. En Barcelona, donde comenzó a desarrollar su carrera como joyero en la Escola Massana, en las galerías internacionales que expusieron sus primeras piezas y, sobre todo, en México, donde durante dos décadas trabajó como director creativo para importantes empresas de joyería y artesanía.
Allí pasó por compañías como TANE México 1942, una de las grandes firmas mexicanas de plata y oro, y posteriormente por NICE, una multinacional de joyería de moda con la que llegó a trabajar, entre otros proyectos, en una colección vinculada a la licencia de Paris Hilton. También diseñó para marcas como Agatha Ruiz de la Prada, Adolfo Domínguez o Madre Perla. Viajó, creó para otros y llegó a dirigir equipos y colecciones de grandes compañías. Pero el camino de vuelta le ha llevado precisamente al lugar del que partió su familia: Valjunquera.
Allí, en la antigua herrería de su abuelo, ha encontrado algo más que una casa. Ha encontrado un territorio desde el que volver a crear. La vivienda familiar, de más de un siglo de antigüedad, se ha convertido en su hogar, su estudio, su pequeño taller e incluso en su huerto. Y entre las paredes, las cadenas, los clavos, las herramientas y los hierros que quedaron de la antigua fragua ha descubierto una conexión inesperada: muchas de las formas que había convertido en joyas durante sus primeros años como creador estaban relacionadas con aquello que había visto de niño en el pueblo. No fue una herencia consciente ni una decisión premeditada. Fue una conexión que tardó décadas en revelarse. «Empecé a conectar con mi abuelo», explica.
Un regreso que lo cambió todo
Domingo no regresó inicialmente al Matarraña con la intención de retirarse. La casa había sido reformada durante años y la familia había decidido conservarla, pero su vida profesional seguía estando fuera. Después de acabar sus estudios en la Escola Massana, pasó por la joyería de autor, comenzó a diseñar para grandes marcas y desarrolló posteriormente una extensa carrera internacional, especialmente en México.
La pandemia alteró ese recorrido. Domingo estaba trabajando en México cuando decidió pedir a su empresa la posibilidad de trabajar temporalmente desde España. Así comenzó una etapa en Valjunquera que, con el paso del tiempo, acabaría cambiando sus planes de vida.
Fue también durante ese periodo cuando tuvo que afrontar un linfoma de Hodgkin. La enfermedad coincidió con un momento en el que Valjunquera había dejado de ser simplemente la casa familiar. El paisaje, los caminos, el huerto y, especialmente, la relación con los vecinos pasaron a formar parte de su día a día. Los vecinos le llevaban naranjas, melocotones, acelgas, dulces y otros alimentos durante el tratamiento. La vida cotidiana del pueblo adquirió un valor especial en una etapa marcada por la incertidumbre.
«Valjunquera y esta casa me salvaron», resume. La respuesta al tratamiento fue muy positiva y la enfermedad quedó atrás. Pero aquella experiencia cambió su relación con el lugar. Cuando regresó posteriormente a México, echaba de menos la casa, el pueblo y el Matarraña. El regreso que inicialmente había imaginado para una etapa posterior de su vida se adelantó.
La casa que siempre iba a cuidar
Hay una frase de su madre que ha adquirido un significado especial con el paso de los años. Antes de morir, dejó reparado el tejado de la casa familiar y le dijo a Ricardo que la cuidara porque, si volvía a ella, la casa siempre cuidaría de él. Durante años fue una frase familiar. Con el tiempo se convirtió en una especie de profecía personal.
La casa había sido la antigua herrería de su abuelo. Allí estaban los animales, las herramientas y la fragua. Allí trabajaba aquel hombre que había llegado desde Herbés y que terminó convirtiéndose en el herrero de Valjunquera. Ahora, décadas después, su nieto ha transformado aquel espacio sin borrar las huellas de lo que fue.

Conserva las cadenas, los hierros, las herramientas, las cerraduras, los clavos y las herraduras que ha ido encontrando entre las antiguas estancias. Algunas herramientas están clasificadas y otras esperan una futura restauración. La vieja estructura no es un decorado, forma parte de su vida cotidiana y, cada vez más, también de su proceso creativo.
Una de las imágenes que más le conecta con su abuelo son precisamente las cadenas. En la antigua herrería servían para atar los caballos que llegaban con los carros mientras el herrero trabajaba. Ahora, aquellas cadenas que permanecieron en la casa se han convertido para Domingo en una especie de primera joya heredada.
«Mi abuelo me dejó una joya en el soporte expositor que era la casa», explica. Él trabaja ahora con cadenas para vestir a las personas; su abuelo las utilizaba para trabajar con animales y construir elementos funcionales. El cambio está en la escala, pero el lenguaje del metal permanece: "El embellecía la casa y los animales, yo embellezco a las personas".

Una memoria que apareció treinta años después
La verdadera revelación llegó al regresar. Domingo había comenzado su formación en la Escola Massana de Barcelona creando piezas de carácter artístico y experimental. Aquellas primeras joyas no estaban pensadas simplemente como objetos ornamentales, sino como una forma de expresión a través del metal. La técnica estaba al servicio de una idea.
Y entre sus primeros trabajos aparecían balcones, ventanas, estructuras arquitectónicas, cadenas y elementos vinculados a la arquitectura rural. Él no sabía por qué. No era consciente de estar reproduciendo el universo de su abuelo. Simplemente aquellas formas le atraían. Las convertía en pequeñas piezas de joyería, las llevaba a exposiciones y galerías y continuaba enfocado en sus trabajos. "Ahora me encuentro con gente que me explica que su balcón lo hizo mi abuelo e incluso, tenían guardada una factura", asegura.


Muchos años después, al vivir de nuevo en la antigua herrería, comprendió la conexión. De repente, aquellas primeras piezas que había creado entre los 18 y los 22 años adquirieron un significado distinto: balcones, hierros, cadenas y formas relacionadas con la arquitectura rural que habían estado presentes en su abuelo también habían acabado apareciendo en su lenguaje creativo.
La memoria había hecho su trabajo sin pedir permiso. No se trataba de copiar lo que había hecho su abuelo. Ni siquiera de reproducir exactamente un balcón de Valjunquera. Era algo más profundo: una manera de mirar el metal que, sin saberlo, ambos compartían.
Del herrero al joyero
Domingo ha pasado buena parte de su carrera dirigiendo la creatividad de otros. Diseñó para numerosas marcas, trabajó sobre sus identidades y viajó por todo el mundo. Su trabajo consistía en entender qué hacía diferente a una empresa y trasladarlo a una colección. La experiencia le llevó a una conclusión que ahora aplica también a su propia obra: la personalidad es imprescindible.
Él mismo sufrió las consecuencias de olvidarla cuando, después de varias colecciones propias exitosas, creó una que no seguía el lenguaje que había construido. «Era estéticamente atractiva, pero podía haberla hecho cualquiera. No tenía el ADN de Ricardo Domingo», explica. Aquello provocó un fracaso empresarial que terminó siendo una de las grandes lecciones de su carrera.
Ahora, al volver a crear para sí mismo, ha recuperado precisamente aquella idea. La diferencia es que ya no necesita buscar su identidad creativa lejos. La tiene delante cada día, en las cadenas de la casa, en los clavos de las puertas, en las aldabas, en los balcones, en las forjas, en las piedras y en los elementos que encuentra durante sus paseos por el Matarraña.
Ese vínculo con el territorio está detrás de la nueva etapa creativa que acaba de iniciar y de la colección ‘Matarraña’, todavía en proceso de elaboración y que presentará en Barcelona el próximo mes de noviembre. La colección aparece así como una consecuencia natural de ese regreso, pero también como un nuevo paso en una trayectoria marcada durante décadas por el trabajo para otras firmas.
Volver a empezar
La vuelta también supone para Domingo recuperar una parte del oficio que había dejado atrás. Durante años fue, sobre todo, director creativo: pensaba las colecciones, marcaba las líneas de trabajo y dirigía a los artesanos encargados de ejecutarlas. Ahora vuelve a sentarse delante de una mesa.
Tiene que volver a aprender determinados procesos técnicos, recordar cómo trabajar una pieza, cómo soldar, cómo dar forma al metal. El director creativo y el maestro de taller vuelven a convivir en la misma persona. La colección está todavía en proceso. Cuando muestra su taller apenas hay unas pocas piezas terminadas y muchas más ideas pendientes de convertir en realidad. La fabricación que requiere maquinaria específica continúa realizándola fuera, en Barcelona, pero el trabajo artesanal y creativo parte de Valjunquera.
Incluso los materiales hablan del lugar desde el que nace el proyecto. Plata, latón y oxidaciones negras recuerdan a los distintos metales y al aspecto del hierro forjado. No busca añadir colores artificiales: quiere que sean los propios materiales quienes construyan la paleta de la colección. Y mientras trabaja, el tiempo vuelve a adquirir otra dimensión. Después de treinta años diseñando para otros, Ricardo Domingo vuelve a diseñar para Ricardo Domingo.
De Valjunquera al mundo
Hay una aparente contradicción en este regreso. Un creador que ha trabajado en algunas de las grandes empresas de joyería de América, que ha viajado por medio mundo y que ha desarrollado colecciones inspiradas en la cultura mexicana, decide ahora establecerse creativamente en un pequeño pueblo del Matarraña.
Para él, precisamente ahí está la oportunidad. Durante su etapa en México aprendió a utilizar la identidad de un territorio como materia creativa. Trabajó con flores, cactus, maíz y bordados mexicanos para construir propuestas contemporáneas capaces de viajar internacionalmente. Ahora quiere hacerlo desde casa, desde Valjunquera.
Porque Ricardo Domingo sostiene que cuanto más local es una creación, más posibilidades tiene de ser universal. Nadie puede aportar exactamente la misma mirada sobre un lugar que quien pertenece a él. Por eso ya no necesita buscar inspiración en Nueva York, París o cualquier otra gran ciudad. Puede caminar por el Matarraña, mirar sus puertas, sus paisajes y sus edificios y convertir aquello que forma parte de su memoria en piezas capaces de viajar después a cualquier lugar.
Ahora el círculo parece cerrarse. El herrero trabajaba el metal para construir y embellecer las casas. Su nieto lo transforma para vestir a las personas. Y entre ambos, más de medio siglo después, queda una misma materia, unas mismas formas y una memoria que tardó décadas en hacerse visible, pero que, con las cadenas de uno y las joyas del otro, vuelve a formar parte de la vida de Valjunquera.












