Buena parte de las horas del día se las pasa en las alturas, en un castillete sujeto con un arnés y velando porque cualquier avería en las catenarias del ferrocarril quede solventada lo antes posible. Este trabajo del que está muy cerca de jubilarse, es lo que le llevó a Caspe hace ya 44 años. Nació en Madrid en 1961 y en la gran urbe dio rienda suelta a su arte a muy temprana edad. Cuando baja de las alturas, Ricardo Blázquez cambia las herramientas por el óleo y los pinceles, y últimamente por la espátula, que es lo que más está pintando. Si no pinta, escribe y acostumbra a hacerlo con pluma y si no, está tocando un instrumento. «Mi trabajo me gusta mucho, pero no es cómodo y los años van pesando», dice pensando ya en lo poco que le queda para poner sus manos al servicio del arte al cien por cien. La primera de todas las disciplinas que llegó a su vida fue la música.
No recuerda a cuento de qué pero no descarta que su padre tuviera algo que ver de una forma indirecta. «Tocaba la guitarra de joven, puede ser que me venga de ahí», piensa. No obstante a él le dio por el viento y el detonante fue una flauta de plástico. Le gustó y fue cambiando de instrumentos pero sin salirse de la familia. Siguió con la travesera y saltó al folclore sudamericano y andino especialmente con quenas, tarkas y zampoñas hasta el punto de formar un grupo. «Todo lo aprendí de forma autodidacta. Ensayábamos en un parque y siempre se ponía mucha gente a vernos, no nos iba mal», sonríe. Admite que tiene buen oído y que pronto se hace con las canciones. En Caspe ha puesto sus pulmones a trabajar en el grupo Almogávares que animan toda fiesta. Él toca la gaita, la dulzaina y lo que se tercie. «Toco un montón de instrumentos de viento, tengo oído y constancia», advierte. Pronto saldrán a tomar las calles en el Compromiso, y ya llevan un tiempo ensayando y preparando toda la performance.
Con el tiempo empezó a pintar. «Hago muchas cosas que me hacen feliz, me llenan. Y cuando llegué a Caspe, más», dice. Pasar de la gran ciudad al medio rural le dio más tiempo que llenar en su día a día y la pintura es una de las artes en las que se expandió. «Empecé pintando paisajes y temas figurativos, pero ahora pinto cosas que están en mi imaginación. Me gusta que la gente lo vea y que me diga lo que cree que es, es más entretenido», dice. De esta manera, de un cuadro salen tantos como ojos se posan en él. «Cada persona ve una cosa diferente», señala. Hace un tiempo lo comprobó cuando hizo una exposición. No ha habido más pero público no le falta porque los cuadros los regala. «La mayoría los doy, pero no he dejado de pintar».
300 poemas de su puño y letra
De esa necesidad de llenar vacíos surgió la escritura. Es la última de las disciplinas en las que se ha adentrado, pero no por ello es la menos importante. De hecho, no puede pasar de componer poemas. «A veces a la gente le da reparo la poesía pero en mi caso no hay nada enrevesado ni que entender, soy bastante claro y directo», apunta. Todo lo abstracto se lo deja para la pintura porque en sus poemas es «muy accesible» a todo el público. «Escribo sobre mis sentimientos y quiero que quien lo lea pueda sentirse identificado con ello», reflexiona. Comenzó a escribir durante la pandemia, en ese tiempo tan raro en el que cada cual se expresó como pudo o como le nació.
El hábito de escribir no lo ha perdido y suele salir con su libreta y una pluma. «Así, en cuanto viene la Musa me pongo a escribir ideas», sonríe. También suele ir provisto de un libro para leer si se presenta un rato muerto de espera. «El caballete para pintar no me lo llevo porque no es práctico», bromea. Todas las semanas deja su impronta en sus redes sociales como Facebook, algo de lo que «no era muy amigo» pero que admite que es una buena herramienta para llegar al público. No es nuevo en esto de llegar al público porque ya tiene dos libros publicados y los dos son autoeditados. El primero es ‘Voces del alma’ y contiene 100 poemas, y el segundo, publicado en enero, 193 bajo el título ‘Tocando sentimientos’ y está disponible en Amazon bajo la mentoría de #TuVidaenLibro. Pendiente tiene fijar día y hora de la presentación, y las suyas son un despliegue de poesía y, por supuesto, de música. Todo por cuenta del autor. «Me gusta compartir porque me hace ilusión y si, además, a alguien le gusta, más feliz soy».







