La Fresneda ha vuelto a celebrar lunes los Calderons, una costumbre popular con raíces centenarias que marca el inicio del Día de Reyes en el municipio. Desde las diez de la mañana, niñas y niños han recorrido el centro histórico arrastrando calderos, sartenes, tapas, orinales y todo tipo de utensilios metálicos atados con cuerdas para hacer el mayor ruido posible y así llamar a sus Majestades de Oriente.
«El objetivo es asegurarnos de que nos oigan y no se olviden de venir», han explicado desde la organización, que mantiene viva una práctica profundamente arraigada en la memoria colectiva local. En algunos casos, el recorrido llega a durar cerca de una hora, con tramos de subida incluidos.
Ollas viejas convertidas en reclamo mágico
Los instrumentos metálicos empleados se elaboran a partir de utensilios domésticos en desuso, que se convierten así en protagonistas de esta fiesta. «Cuando ya no servían para cocinar, se reparaban y se usaban para arrastrarlos por las calles», ha detallado Belén Beltrán, una de las vecinas implicadas en la celebración. La tradición también tiene una dimensión intergeneracional: son los abuelos y abuelas quienes habitualmente se encargan de fabricar los Calderons a medida, según el peso y la edad de cada participante.
La participación familiar es masiva. No solo acuden quienes viven en La Fresneda, sino también muchas familias que mantienen vínculos con el pueblo. «Cuando todavía están los abuelos, se conserva más el vínculo con la tradición», señalan.
Una llamada ancestral en tiempos modernos
La costumbre de hacer ruido para llamar la atención de los Reyes tiene también un contexto histórico. «Antes, escribir una carta era algo muy raro. Muchas personas ni sabían leer ni escribir, así que esta era su forma de decir: estamos aquí, traednos lo que podáis». En generaciones pasadas, los regalos consistían en higos secos o pan con vino y azúcar.
A pesar del paso del tiempo y del cambio en las costumbres, los Calderons siguen siendo un símbolo del arraigo local. «Quienes somos de aquí, lo sentimos como música celestial», ha añadido Beltrán. Para quienes visitan el municipio por primera vez, la escena puede resultar tan llamativa como desconcertante, pero una vez conocida la historia, pocos se resisten a sumarse al estruendo.








