Bien sonriente delante de la peana aparece Pilar. La foto ya tiene sus años, pero es en color, y captura un momento en el que aparece ella con una chaqueta de rayas abriendo paso en un traslado fuera de procesiones con quienes van tirando de él. «Lo contenta que se ponía cuando nos veía a tanta gente con la peana…», dice su hija Pili, que ha continuado con el cuidado del paso de La Cama junto a su hermana Mari Carmen, Mamen para los allegados.
«Siempre decía: cuando falte yo… Cuando falte yo…», la recuerdan. Tanta devoción le puso a la custodia del paso que sus hijas siguen con su cuidado, y no solo ellas, también sus nietos, y una enorme familia que se ha ido formado en torno a la peana por diferentes motivos y lazos. Hay familia de sangre, como los Pérez Félez, entre otros; pero también muchos que se unieron por diferentes devenires del destino: unos por vivir cerca, como el caso de Pili, vecina del cantón donde está la casa familiar de los Pina Pérez; y otros por una amistad que ya viene de los abuelos y sigue más fuerte si cabe. Eso sucede con María José Serrano y sus hijas Alicia y María, entre otras muchas familias. Otros, además de unirse, han seguido ampliando el círculo, como Rubén, que tras entrar él, ha implicado a toda su familia al completo.

En el cuidado y lucimiento de la peana de La Cama hay muchos «amigos de amigos», «vecinos» y «apegados» unos cuantos. De esta palabra tira Justo Molina para definir su papel. «Muchos somos apegados, yo soy uno de ellos», ríe. Él llegó a la peana por su amistad con los Pérez Félez. «Fui 30 años en otra hasta que me cambié a esta y me quedé. Nos vinimos tres amigos», recuerda, como también recuerda que la primera túnica que se puso para la romper la Hora fue la del paso, que es negra con botones morados. Y no ha sido el único que lo ha hecho.
La familiaridad es el halo que impregna a todo lo que tiene que ver con la Cofradía del Cristo Yacente, porque salvar el paso ya fue una cuestión de familia. Es el único que se salvó de las llamas en la Guerra Civil porque Emilia Rodrigo, la abuela de Pili y Mamen y madre de Pilar, lo envolvió en papeles de periódico y escondió en el solanar de la casa entre el fiemo de las gallinas. Se hizo cargo del armazón, que es lo que se salvó y lo que sigue procesionando y lo que convierte a La Cama en un paso único. El Cristo, los ángeles y demás ornamentación, hubo que reponerlo después. «No sabemos cómo llegó a casa, pero según la historia de la cofradía, el cura de entonces se lo encomendó a mi abuela. Había curas en la familia, quizá por eso confió más, pero realmente no sabemos», conversan entre las hermanas. «La cuestión es que desde entonces es por la peana por lo que nos reunimos tanta gente», sonríen.
En esta cofradía, los portantes visten de negro y los que procesionan acompañando ya sea con velas o estandartes lo hacen con túnica blanca y «capuchón» rojo. Cuando llegó el momento de confeccionar la indumentaria, se encargó a una tienda de Zaragoza cuyo regente descendía de Albalate, y se tomó el ejemplo de una hermandad de la capital para los colores y signos. Se fueron haciendo túnicas de forma progresiva según los pequeños iban creciendo, y también pensando en quienes se iban sumando a esta gran familia que sigue creciendo.

Además, para los pequeños hay modelo «capuchón» con la cara al aire, y también incluyen personajes bíblicos como las hebreas en las procesiones, un papel demandado por las más niñas. «Eso no ha cambiado, y es que nos divertíamos mucho de hebreas, llevábamos el cofre lleno de chuches para repartir y aguantar la procesión», rememoran Alicia, María y Lucía, que han seguido teniendo relevo en estas cuestiones con más niñas. «Iban motivadas», bromea María José. «A los pequeños los engañaba un poco para que salieran porque luego los llevaba a la tienda de la Rosa para que eligieran un libro o lo que quisieran. Pero más que una recompensa, era un agradecimiento por estar, porque los pequeños hacen la procesión igual y, además, son el relevo», apunta Pili.
La cantera infantil crece en torno a La Cama, y Nico y Paula, que son dos bebés de escasos meses, ya están preparados para su primera Semana Santa. Las hermanas Pina ya salían de niñas, y recuerdan que la peana siempre ha formado parte de su día a día. Hasta que en 2009 no se habilitó el museo, siempre estuvo en casa, aunque hubo un tiempo que se guardaba en San José. En ese recuerdo de Pili aparece su hermana Mamen, que apenas caminaba porque era muy niña, y sale montada en la peana cuando había que trasladarla hasta la iglesia. «Subir, todavía se subía bien porque la gente te veía y te ayudaba, pero bajar… Eso ya es otra historia», dice Pili. «Mamen iba arriba montada y yo empujaba con mi madre y tres mujeres más», añade.
La Cama procesiona en el Traslado de Imágenes y en el Santo Entierro de Viernes Santo, su noche cumbre en la que se lleva todas las miradas. La cofradía no tiene sección de tambores y bombos, pero procesiona custodiada por los alabarderos, que se encargan de marcar el paso y de anunciar con corneta y redobles, el avance de La Cama por las calles seguido de la Dolorosa.
El cierre en la iglesia es de los momentos más destacables, ya que los alabarderos le dedican su último toque. A partir de ahí, el año termina y empieza para La Cama. Desde hace ya unos años la peana descansa con el resto en el museo en la plaza del Convento, lo que hace las tareas más llevaderas. Pero eso no significa que no se lleven a cabo todos los rituales de rigor, legado también de Pilar y su madre. Esto implica que el día que se queda para ir a arreglar el paso se celebra con la degustación de una torta. Y que la merienda-cena en Viernes Santo no falta en la mesa para antes y después de la procesión.

Nunca saben el número exacto de cofrades que saldrán. Tampoco hay estatutos ni cuotas y sí mucha voluntad. No consta por escrito que la Semana Santa son los ratos juntos, y si es en torno a una mesa, mejor. La merienda se mantiene, y el menú también a base de tortillas y de croquetas, pero «de pescao, que de carne es pecao», como dice Alicia.
En esas meriendas Pilar, que murió en 2009, hizo la última captación con su yerno el marido de Mamen. «Iba en el Nazareno y mi madre siempre le provocaba porque salíamos todos de casa con la túnica blanca y roja y él, con la morada», recuerda Mamen. «Le dijo que le haría una y que si quería ponérsela, que se la pusiera. La hizo y se la puso el año que falleció ella quince días antes de Semana Santa. Desde ahí sale con La Cama», añade.

«Aquí lo que prima es el buen rollo. Merendar, vestirnos juntos y la foto en la puerta de casa al irnos a la procesión», dice María. «Ha venido gente de muchos sitios porque son amigos de nuestros hijos o vecinos, han querido salir y se les ha dado una túnica y para adelante», apunta Pili. «Pues eso, que somos una familia muy grande», suspira.









