«Esta es mi juguetería, llamó así al taller porque aquí tengo las herramientas con las que me paso las horas, mis juguetes». Antonio José Piazuelo Bondía (Maella, 1972) sonríe ante su extremadamente ordenada mesa de trabajo. «Tiene que estar cada cosa en su sitio», dice. Y así debe ser para que la faena sea eficaz, aunque como dice, «aquí estamos para pasar el rato».
Antonio es un artesano capaz de proveer de vida a un pedazo de madera y convertirlo en útiles de cocina como cucharas, cazos e incluso tenazas con su juego de tijera. De sus manos salen cuadros, lámparas, tiene una colección de collares, anillos, llaveros, castañuelas de diferentes maneras y juegos varios tanto infantiles como de mesa. «Cada artículo que haces a mano es único. Tengo un dominó que no regalaría ni vendería por nada del mundo porque son 28 piezas que se transforman en el doble porque son de dos colores», cuenta. Para hacerlo empleó dos tipos de madera, «una más clara y otra más oscura», y siempre trata de trabajar con producto lo más local posible. En tiempos se sirvió también de retales sobrantes de un taller de barandillas torneadas que operaba en Maella, «algunas incluso de maderas exóticas que daban mucho juego».
Últimamente se ha metido en el mundo del contrachapado, se maneja bien en marquetería, en la técnica transfer «que une lo tradicional con lo moderno empleando la impresión con calor», y ha hecho también sus incursiones en el pirograbado. «He hecho algunas cosas pero de una manera muy informal con un soldador de estaño», y es especialista en crear piezas torneadas con sus manos sin usar el torno.
A la juguetería entra cuando puede, si tiene un rato libre o algo que hacer. «Eso sí, si veo algo que me llama la atención, como mínimo tengo que probar a hacerlo, que quede bien ya es otro tema», sonríe. No suele aceptar encargos salvo que se trate de algo muy especial o concreto, porque no se impone presión ya que a la madera le dedica todo el tiempo que puede y su trabajo se lo permite. Todo el mundo en el pueblo lo ubica porque es el alguacil del Ayuntamiento de Maella, un trabajo que le gusta y al que le pone todo el cariño y dedicación por el bien de su pueblo. Aunque su horario laboral abarca las mañanas de lunes a viernes, siempre está pendiente del teléfono y acude presto cuando se le requiere en actos en fin de semana o los propios de fiestas.
Artesano «por accidente»
Este año se cumplirán 21 del accidente que le cambió la vida y que le obligó a aparcar la construcción y reinventarse. La rehabilitación lo llevó al hospital de la MAZ en Zaragoza, donde por las tardes se impartían talleres varios en terapia ocupacional. Ahí descubrió el mundo de la madera. «Yo iba muy perdido porque no tenía ni idea de este mundo de la madera, solo la había usado en construcción para encofrar pero nada más, por eso digo que me dedico a ello por accidente», apunta.
Lo primero a lo que le dio forma fue a un mortero y, «como no quedó mal», siguió con cucharas y otros utensilios como iba haciendo el resto de gente en el taller de madera y mimbre. Cuando le dieron el alta se metió de lleno en la artesanía y continuó por su cuenta indagando en internet y acudiendo a alguna feria para observar. Fue conociendo a más gente que se dedicaba a esto y, entre todo, fue aprendiendo cada vez más. La posibilidad de acudir a más clases se terminó con el final del ingreso en Zaragoza, por eso va probando, compartiendo conocimientos con personas que también están en este sector y con internet.
«A los que vivimos lejos de todo tomar clases se nos complica pero tenemos un mundo entero en internet», reflexiona. «Soy feliz en un pueblo y no cambio Maella. Tuve suerte de conseguir un trabajo en casa y poder quedarme. Y la madera ha sido mi salvación al regreso de la rehabilitación, me ha llenado en todos los sentidos y me hace sentir muy bien», reconoce.












