El nivel de detalle que es capaz de resaltar es digno de admirar. «Cuánto más pequeña es la pieza más trabajo lleva, aunque parezca lo contrario», dice. Yolanda Valle Nuez (1971) mira alguna de las tejas que ella misma decora y no solo eso, sino que también las crea. Las hace con barro de secado al aire y les da forma con un molde específico del que extrae tejas en tres medidas diferentes. Tiene sus patrones y sus plantillas hechas por ella. Todo sale de sus manos que tan bien manejan el punzón, el cúter o la espátula, sus compañeras de fatigas. Se ha especializado en hacer de las tejas un arte auténtico tanto en sus creaciones propias como en los encargos, que son unos cuantos los que recibe. Le solicitan muchos mantones con la Virgen del Pilar y hasta la imagen de la santa está hecha en barro por ella. Ninguna es igual a la otra, lo mismo hace el mantón de la Guardia Civil como de Perú, como fue uno de los casos recientes. Cada filigrana, detalle, joya está hecha y pintada a mano con al menos dos o tres capas. «Hay mucha documentación, porque según lo que me piden lo tengo que buscar bien e informarme. Por ejemplo, los escudos de pueblos o ciudades a veces no coinciden, hay varios y hay que se asegurarse de cual es el oficial», asegura.
Muestra alguna de sus tejas y en casi todas hay algo que se mueve, pequeños detalles que le dan el toque de gracia a la pieza que ya de por sí impresiona. Una recrea un establo, otra es un molino, en otra reflejó una ermita… Dan la sensación de pequeñas casitas de muñecas con sus balcones, e incluso su ristra de ajos, una cortina o un llamador de puerta. Algunas también tienen su punto funcional porque sirven para colgar llaves o pulseras y collares. Otras son decorativas y su función es alegrar el día a quien se cruza con ellas.
En Oliete empezó todo
Yolanda nació en Barcelona y empezó con las tejas hace unos 25 años cuando se trasladó con su familia a Zaragoza y, por ende, a Oliete. Al pueblo va de seguido y allí hizo su exposición hace unos 20 años con las primeras tejas y empezaron los encargos. Su abuelo Vicente llevaba la tejería en Oliete, y también su padre Daniel llegó a trabajar el oficio hasta que se fue a Barcelona. «De vuelta en Oliete, él se puso un taller en una nave para hacer sus manualidades porque era muy mañosos y un día le dije que quería hacer algo relacionado con el que había sido su oficio, me enseñó un molde suyo y empecé», dice. Por eso firma como El Rincón de La Tejera y así se llama en Instagram.
Todo ha sido a base de prueba error, y ha ido aprendiendo ella aunque reconoce que siempre se le dio bien dibujar e, incluso de pequeña algún concurso de pintura ganó. Dice que ahora ese trazo lo ha perdido y que prefiere otras artes. «Me va más el rollo de moldear, esto es lo que más me gusta, hacer las tejas. Me paso horas y horas y me divierto», ríe. También estudió Diseño de Moda después de haber estudiado Informática de Gestión, que es a lo que se dedica. «Mi madre ya me animó a hacer diseño al terminar 8º de EGB, pero yo quise hacer algo más, fui demasiado seria», dice. «Llegar a Oliete fue el detonante y saqué la parte artística», sonríe. A su pueblo lo homenajea siempre que puede y se sabe de memoria el escudo y la iglesia que replica en imanes, muchos de ellos de venta en comercios del pueblo. Son obras de arte en un reducido pero laborioso tamaño y no hay dos iguales.









