Juan Ramón Galve jamás ha perdido el sentir por la Semana Santa, ni siquiera cuando tuvo que marcharse a vivir fuera de Andorra hace ya varios años. Su día a día transcurre actualmente en Zaragoza, pero su mente y en gran parte su corazón siguen ligados a su pueblo de toda la vida. Nunca falla y siempre vuelve allí para estos días del año, aunque antes, cuando todavía debe seguir en la capital, ya consigue trasladarse a las calles de la villa minera gracias a los toques del tambor que hace sonar mientras ensaya en un parque de Zaragoza.
Cuando el periódico La COMARCA contactó con él ya llevaba varias semanas de esos ensayos con su hija, Anaís, junto a quien comparte esta pasión. «Siempre le he querido inculcar los toques. Vivo en una urbanización en un parque grande, y allí nos citamos. A muchos vecinos les llama la atención, y nosotros disfrutamos. A mi otro hijo no le va tanto, pero ella ha salido igual que yo», cuenta Galve.
Esta Semana Santa el regreso a su pueblo será todavía más especial al haber sido elegido como pregonero, un nombramiento que no se esperaba pero que no dudó ni un momento en aceptar. Cabe remarcar que en Andorra siempre se intenta reconocer a andorranos que no vivan en la villa, pero que siempre se hayan mantenido vinculados a esta tradición. «Poder representar a tu pueblo en días tan señalados es el mejor regalo que te pueden ofrecer. No lo voy a olvidar nunca», añade Galve.
En su caso, el toque del tambor siempre lo ha vivido con sus cuatro hermanos, con quienes iba intercambiando túnicas y recuerdos conforme avanzaba el paso del tiempo. «Mi padre sacaba los tambores y los poníamos a punto todos juntos», recuerda Galve. Dos de sus hermanas viven igualmente en Zaragoza, y siempre comparten viaje para regresar a Andorra de forma previa a estos días.
A lo largo de los años Galve ha ido implicándose en prácticamente todos los grupos que representan la Semana Santa de Andorra. Ha estado como acompañante en el grupo de penitentes, y también formó parte de La Cochera, grupo con el que aprendió a mejorar sus redobles. Junto a ellos, dice ahora, vivió «años llenos de buenos recuerdos». «Cuando entré en ese grupo fue cuando aprendí a tocar de verdad, porque eran más profesionales. A partir de ahí empecé a ir a las jornadas tanto comarcales como nacionales, a exhibiciones…Fueron buenos años», reconoce.
La vida y las obligaciones personales hicieron que tuviera que marcharse a Zaragoza y, por tanto, no le quedó otra que desvincularse del grupo al no poder asistir a los ensayos. Aún así, todavía sigue manteniendo esas mismas amistades, con quienes siempre pasa estos días como si el tiempo no hubiese pasado, y con quien seguro disfrutará este año en el que entonará el pregón. «Sigo viviendo todo de la misma manera. Y esa pasión, esa gran familia que toda Andorra formamos, es lo que intentaré transmitir», concluye.







