Elvira de Hidalgo fue una mujer adelantada a su tiempo que fascinó al público internacional con su canto inimitable y su gracia para la interpretación
Elvira Juana Rodríguez Roglán nació un 28 de diciembre de 1891 en Valderrobres prácticamente por casualidad. Aunque su madre era valderrobrense, su lugar de residencia era Barcelona -de hecho, alumbró a sus otros tres retoños en la Ciudad Condal-. Según parece, su padre trabajaba en la industria del automóvil y la familia regentaba un estanco cercano al Liceo barcelonés, donde la pequeña Elvira se formó hasta 1907. Fue entonces cuando su maestra de canto, Conchita Bordalba, le consiguió una beca para trasladarse a Milán y culminar sus estudios de la mano de Melchor Vidal. Tan solo unos meses después y a los 16 años debutó en el Teatro di San Carlo de Nápoles bajo el nombre artístico de Elvira de Hidalgo, que adoptó en honor a su abuela paterna y madrina.
Elvira de Hidalgo, en 1909, un año después de su debut en los escenarios | Familia Elvira de Hidalgo
Su estreno en las tablas fue interpretando a Rosina en «El barbero de Sevilla», personaje con el que a la postre pasaría a la historia. El debut fue un éxito inapelable y le abrió las puertas de los principales teatros de todo el mundo, desde Nueva York hasta El Cairo pasando por Monte Carlo, París, Londres, Barcelona o Madrid. Actuó junto a los más grandes de su época y, aunque interpretó más óperas, destaca por ser una de las mejores Rosinas que se recuerdan. Dando vida a este personaje pudo mostrar todo su desparpajo y sus magníficas condiciones, convirtiendo cada actuación en una obra maestra vocal y escénica. Creó una Rosina exultante, vivo ejemplo de la seducción femenina que lograba mediante su gracia en el escenario y el uso sutil del abanico. La mejor prueba de su espléndido registro como Rosina es que fue escogida para el centenario de la ópera, celebrado en 1916 en el Teatro alla Scala de Milán.
Una Elvira de Hidalgo joven, probablemente en su momento de mayor esplendnor, posa para la foto junto a su guitarra | Biblioteca del Congreso de los EEUU
Al margen de este papel, Elvira de Hidalgo también fue una buena Amina en «La Sonámbula» y encarnó a otros personajes como Linda en «Linda de Chamonix», Gilda en «Rigoletto», Elvira en «I puritani di Scozia» y Lucía en «Lucía de Lammermoor». Su amplia variedad de registros demuestra que fue una intérprete refinada, que también destacó por una capacidad de adecuación encomiable tanto al género patético como al virtuoso. Su forma de desenvolverse en el escenario enamoró al público y todos sus personajes fueron interpretados con una gran verosimilitud.
Cosechó éxitos allá donde pisó y supo despertar la admiración de los hombres más poderosos del momento, si bien su periplo en lo más alto duró pocos años ya que a mediados de la década de 1910 comenzó a perder fuelle. Todo apunta a que este bajón se produjo por un abuso de los tonos altos en sus actuaciones, posiblemente provocado por su archiconocida Rosina. Este personaje fue creado para una mezzosoprano, pero el público exigía que lo desempeñaran sopranos de coloratura de prestigio como De Hidalgo. Se cuenta que por esta interpretación se pagaban 15.000 liras, que aumentaban a 25.000 si la cantante forzaba su garganta hasta el fa sobreagudo en «Una voce poco fa», registro que no aparece en la partitura original. Elvira solía alcanzar esta nota, algo que probablemente fue deteriorando su voz poco a poco.
Elvira de Hidalgo, durante su estancia en Helsinki en 1931. Fue una de las últimas ciudades donde actuó antes de retirarse | Familia Elvira de Hidalgo
Aun en decadencia, siempre interpretó con orgullo y de forma más que digna. En 1923 actuó por última vez en el Teatro Real de Madrid junto a un icono como Miguel Fleta, y continuó recorriendo el mundo de forma habitual hasta 1930. A partir de entonces su ritmo disminuyó y sus actuaciones se convirtieron en esporádicas hasta 1936, fecha en que deja los escenarios definitivamente y se traslada a Atenas para ser profesora de canto. Tres años más tarde conocería en la capital griega a María Callas, con quien tendría una relación casi maternofilial. Trotamundos y una mujer adelantada a su época, hizo de la humildad su principal virtud. Nunca regresó a su Valderrobres natal aunque sí a Barcelona, si bien no se sentía lo suficientemente reconocida en España debido a que la mayoría de sus actuaciones fueron internacionales.
Una voz sin parangón
Si en el plano meramente artístico fue fabulosa, sus condiciones para el canto no tienen nada que envidiar. Soprano de coloratura y máxima representante del «bel canto», fascinó con una voz única que los espectadores adoraban. Poseía un timbre cálido, cristalino, suave y dulce, a la par que intenso e imponente si la situación lo requería. La caracterizaban sus habilidades para alcanzar registros ornitológicos, y siempre destacó por su impresionante sobreagudo y una dicción envidiable.
Supo adaptarse a cada melodía y dotó a sus canciones de garbo y vitalidad, regulando la intensidad de la voz en función del momento. Quizá su volumen era algo limitado pero quedaba oculto gracias a su soltura y flexibilidad, algo que aprendió desde pequeña a base de trabajar con una técnica muy depurada. Cabe destacar que fue una de las pocas sopranos que utilizó los sonidos de pecho de la escuela antigua para obtener mayores contrastes dramáticos. Mucho se puede decir de lo virtuoso de su voz, pero sin lugar a dudas la mejor forma de deleitarse con su canto es recuperando sus sonidos y escuchándola.







