Ana I. Gracia, nacida en Andorra en 1983, recuerda su infancia entre clases de mecanografía y taquigrafía impartidas por Mariluz, una profesora que sin saberlo consiguió sembrar una vocación que acabaría abriéndole las puertas del Congreso de los Diputados. Tras una sólida carrera periodística en medios nacionales como Expansión, El Confidencial o El Español e hitos como la investigación del caso del pequeño Nicolás y un premio a la periodista del año por la Asociación de la Prensa de Madrid, la andorrana decidió dar un giro vital a sus 35 años.
Cuando la vida invita a hacerse otras preguntas y nuevos planes, Ana I. decidió que quizá
era el momento de dar el paso. Aprobó una oposición para convertirse en taquígrafa parlamentaria, una vocación que siempre mantuvo en su interior mientras ejercía su labor como periodista. «Cuando hacía periodismo las entrevistas las transcribía con mucha rapidez, entonces fue una manera de confirmar que nunca había dejado de lado la taquigrafía», aclara Ana I.
"Siempre digo que dejé de ser juez», relata con cierta ironía. Y se refiere al cambio de rol que experimentó de periodista a taquígrafa: de quien interpreta y valora la actualidad a quien anota lo ocurrido y deja constancia de ello. «Los periodistas somos jueces, dictamos una sentencia de un caso», añade, aunque matiza que su labor actual se asemeja a la de una notaria: «Levanto acta de lo que sucede en un pleno. Un diario de sesiones, que es lo que hago yo ahora, no deja de ser también un periódico,
aunque sin subjetividad, sin criterio y sin juzgar», precisa.
Y fue allí, entre plenos y comisiones, donde conoció a Ana Rivero. «Trabajando con ella me di cuenta de que tenía una vida de libro». Y nunca mejor dicho, porque el 1 de junio de 2024, Ana I. y Ana Rivero firmaron con la editorial Plaza Janés para hacer realidad este proyecto. ‘Luz y taquígrafa. Cincuenta años transcribiendo la historia de España’ es el libro que fue gestado durante su embrazo, «mis mellizos»
dice entre risas Ana I.
Es una pieza de memoria parlamentaria creada desde del testimonio de Ana Rivero, quien vivió 50 años en la trastienda del poder. Rivero entró al Congreso con apenas 20 años, cuando aún vivía Franco. Experimentó la redacción de la Constitución, el 23F, la coronación de Juan Carlos I entre otros. Fue testigo directa del cambio de régimen y de los vaivenes políticos de la democracia española. En sus páginas, Ana I. no solo recoge anécdotas institucionales, también la evolución de los derechos laborales
de las mujeres. «Antiguamente, las funcionarias que se quedaban embarazadas echaban cuentas para que no coincidiera con picos de trabajo como podía ser la tramitación de los presupuestos generales del Estado», explica. Hoy, gracias a ella, y a muchas otras, puede disfrutar de una baja por maternidad sin temor.
Adentrándonos de lleno en el libro, uno de los capítulos que más llaman la atención al leer el índice del libro es "El día que un diputado intentó besarme", en el que se aborda, como en muchos otros, el abuso de poder.
Ana I. relata como algunos de los diputados tratan de aprovecharse de su posición. El libro omite nombres por las posibles represalias. Y es que, en la actualidad, compañeras de Rivero no han querido salir por miedo «Son hombres con mucho poder». «Todavía nos queda mucho por recorrer»,dice al respecto Ana I.
En un Congreso donde antes se juzgaba a las mujeres por llevar falda o escote, Rivero optó por no casarse ni tener hijos, lo que, según la escritora, la convirtió en blanco fácil para quienes confundían libertad con disponibilidad.
La profesión de taquígrafa además de evolucionar se ha trasformado, aunque Ana, tiene claro, que las máquinas ayudan pero no sustituyen. «Lo que capta una persona, con contexto, no lo hace ninguna IA», sentencia. Y es que como cuenta Ana I., en el congreso se dan broncas, insultos, aplausos, diputados que se van y otros que entran: «Todo eso tiene que dar registrado, y una máquina no lo hace», cuenta.
Dar forma y sacar a la luz este libro no solo ha sido un homenaje, ha sido una declaración de amor de Ana I.
Esta dedicatoria doble nace desde lo más profundo: «Se lo dedico a las dos», confiesa, refiriéndose a su madre Mª Carmen fallecida cuando Ana I. era muy joven, y a su hija, Alba, recién llegada al mundo. La obra es también un viaje por la evolución vital de Ana I., un guiño al legado materno, a esa mujer «machacona» (según la describe) que insistía en que aprendiera, aunque hubiera poco donde elegir en un pequeño pueblo de 8.000 habitantes.
«Qué casualidad que me encuentre en este momento vital, de convertirme en madre y de dar forma a este libro. Es el combo de todo eso, de todo mi pasado, de la evolución de mi propia vida», confiesa. Disfruta de su trabajo, en el que ya suma cuatro años y de los primeros meses junto a su hija. Y lo tiene más que claro: seguirá escribiendo. Porque, al final, es ahí donde se encuentra de verdad.







