Los ariñeros asumen el cierre del pozo y recuerdan cómo ha cambiado el pueblo en los últimos 40 años. Piden voluntad política para mantener el carbón
Es Navidad y da gusto pasear por las calles del centro de Ariño. Hoy es jueves y, como dicen ellos, hay «quincallas», que quiere decir mercado ambulante. Hace frío pero hay mucha gente. Hombres y mujeres que compran el pan, salen de la peluquería o entran a la farmacia. Jóvenes y estudiantes de vacaciones. Y vecinos que aprovechan para echar un cafecito en «El Bahía» y calentarse el cuerpo. En este bar, como ocurre cada jueves y más si es previo al Fin de Año, hay muy buen ambiente. Las risas se oyen en cada mesa y también en la barra. Pero la procesión va por dentro. Todos son conscientes de que el futuro del pueblo es muy negro y no titubean cuando les preguntas. «Desde los años 80 hasta hace muy poco ha sido una evolución muy grande. Ahora el bajón es igual, tanto por los habitantes como por los puestos de trabajo, analiza José Antonio Oliete, que lleva cerca de 36 años detrás de la barra.
Algunos, como Esther Blasco, ya se marcharon hace años a Zaragoza. «La mina es lo único que hay aquí para subsistir y si la cierran... Si ya queda poca gente en el pueblo, imagínate después de unos meses», reflexiona. Está sentada frente a María Lucena, que recuerda cómo era el pueblo cuando llegó desde Málaga. Entonces había «mucha juventud y mucho trabajo». «Pero al final vamos a quedar aquí cuatro viejos. Sin escuela, sin médico, sin servicios, sin nada...», dice acordándose del futuro de sus nietos.
En la misma línea se expresa Cecilio Blesa que, con 82 años, ha visto cómo «ha aguantado» el sector en los últimos 20. «Hemos tenido suerte con Samca, que ha apostado por resucitar el sector desde los años ochenta», recuerda. Pero la voluntad de Samca no es suficiente.
En la peluquería de la carretera, Ana Noé es tal vez la más optimista. Prefiere no resignarse hasta el final porque sabe que será duro. «Lo peor es que hay mucha gente joven que pierde ahora el empleo. Son los que trabajan en las subcontratas, tienen hijos y los que se van a tener que ir. Es la pescadilla que se muerde la cola», reconoce.
Todos lamentan que los políticos no hagan lo posible por ayudar a las cuencas mineras a salir adelante y coinciden en la reflexión de Raquel Martínez: «Dicen que se mueren los pueblos, pero no es así. Los matan».







