Basta parar cuenta del olor que sale de la cocina para adivinar la época del año y el clima que está haciendo fuera sin asomarse a la calle. Más allá de si hace frío o calor, lo que cae en el puchero explica muchas cosas: si es tiempo de cosecha, de si los frutales están en su plenitud o de si hay matacía. Al menos así era hasta no hace mucho tiempo en todas las casas en las que además, la cocina como estancia ha sido el lugar de reunión y largas charlas mientras los fogones hacen su labor. Esas conversaciones implican con frecuencia a diferentes generaciones que enriquecen el debate.
Esto no se ha perdido del todo pero en regenerarlo, y también en sacar de las cocinas privadas toda esta tradición de platos y sus historias, ha empezado a trabajar el joven cocinero Pablo Soler Tomás. Aunque hijo de La Puebla, se crió en Zaragoza y, tras titularse en la Escuela de Hostelería de Teruel, Soler salió a recorrer mundo. Vivió cuatro años en Londres, dos en China, cinco en Copenhague, pasó por Rotterdam, Madrid, Barcelona, Los Ángeles y ahora está de regreso a su esencia. Tras trabajar en restaurantes de alta cocina y estrellas Michelin, hace cinco años volvió a La Puebla de Híjar, donde quiere contribuir a devolver a sus vecinos el orgullo por su gastronomía. Y para eso necesita la ayuda de todos porque serán ellos con sus aportaciones los que creen un recetario común. De hecho, algunas personas ya han llevado sus recetas al ayuntamiento porque las recoge tanto de manera escrita como oral. Es esta manera la que más le interesa porque quiere conversar y que las familias le cuenten.
«El resultado final será un libro en el que tendrán más peso las historias que hay detrás de cada plato que las propias recetas», añade. Este viernes día 8 a las 17.00 en El Granero es la fecha fijada para dar todos los detalles del proyecto en una presentación a modo de charla-café con todas las personas que se quieran acercar. Le podrán contar el motivo por el que en casa se hacían las rosquillas de una manera y no de otra, o por qué determinada familia elaboraba la conserva de una manera y no de otra.
El proyecto comienza su camino en la presentación. El Ayuntamiento aceptó la idea de buen grado y es la apertura de la semana cultural. A lo largo del próximo año, Soler seguirá trabajando en el proceso que incluye además encuentros y mesas redondas con agentes sociales de poblaciones vecinas. Una vez terminado el trabajo de campo quedará la edición del libro con intención de presentarlo dentro de un año, en la semana cultural de 2024. «Si está antes, mucho mejor, pero es un trabajo de fondo», añade.
Devolver el orgullo culinario
La idea de Soler nace cuando se estableció en el pueblo y «detectó la carencia que existe en la comarca en establecimientos y calidad del producto». Sintiendo la envidia sana de territorios vecinos como el Matarraña o el Maestrazgo -donde también hunde raíces familiares, decidió proponer esta idea con la que persigue dos objetivos. «Por un lado, tratar de detectar en qué momento hemos dejado de poder ir a cualquier sitio y comer rico y, por otro, intentar unir al pueblo creando una memoria colectiva para proteger y conservar el patrimonio inmaterial que es la comida», reflexiona, y señala que en esto no tiene nada que ver lo exclusivo. «Quiero que nos volvamos a creer que podemos tener una identidad gastronómica, y no tiene que ser algo súper exquisito pero sí algo que sea nuestro», apunta.
Espera que el recetario sea «un orgullo» para todos y que también «sirva de herramienta para que la gente sepa demandar esa calidad» en cualquier establecimiento. «Es un círculo porque si no empiezas a crear esa curiosidad e inquietud desde los más pequeños, no hacemos nada», señala. De hecho, él ya ha trabajado con los más pequeños porque, aunque es cocinero, ahora se encuentra en un período de transición hacia la asesoría a establecimientos, eventos, trabajos de marca o divulgación entre otras muchas labores. Hace un tiempo dio talleres en los pueblos del Bajo Martín con el departamento de juventud comarcal. «Me sorprendió para bien por la buena participación, Urrea por ejemplo que es más pequeño, fue genial. Tenemos que implicar a los pequeños y ellos responden», comenta. En cuanto a la cocina, cree que el éxito está en conseguir el equilibrio entre la tradición y la modernidad. «Hay que mantener lo primero por respeto a los mayores y porque es nuestro deber, pero hay que modernizarse sin perder el equilibrio entre ambas, y eso no siempre se da».
Desconoce si este viraje en su carrera será definitivo solo que a ello le dedica sus esfuerzos desde que regresó. Reconoce que abrirse camino desde el pueblo «no está siendo nada fácil» pero sabe que merece la pena intentar dar unos servicios que «parece que sólo tengan que darse desde la ciudad». Desde La Puebla trabaja para el Bajo Martín y «donde llamen». No será ahora cuando empiece a ponerse fronteras.







