Entrar en casa de los Palos-Guijarro es entrar en un hogar donde la familia importa. Antes de tomarse la fotografía que acompaña estas líneas, un día cualquiera de marzo su salón se revolucionó con túnicas y reparto de complementos, tal y como ocurre cada Semana Santa. Entre medio, se oían preguntas como: «¿con qué cinturón quieres salir, el de la cofradía de mamá o papá?». Porque en esta casa, ante todo, importa la elección y el querer participar. Eso, y el cariño mutuo que se tienen; y que ese día quedó reflejado en un colorido ramo que, curiosamente, representaba el inicio de la tradición que hoy enseñan a los más pequeños.
Las flores eran un recuerdo a Luis Palos, padre y abuelo de la familia que, a pesar de ya no estar en este plano sigue con ellos de forma diaria, sobre todo cuando llega Jueves Santo. «Fue uno de los fundadores de la Cofradía de la Coronación de las Espinas, de la cual ahora soy presidente. No concibo pasar estos días sin bombo y tambor y eso es gracias a él», cuenta ahora uno de sus hijos, Luis. Su hermana María Pilar, también integrante de la junta directiva de la cofradía, lo confirma: «la Semana Santa podría resumirse en unión, en familia…».
La madre de ambos es Pilar Guijarro, principal guardiana del gran ramo. Durante años, los cuatro vivieron fuera de Alcorisa, aunque siempre regresaban para estas fechas, incluso para los ensayos que se producían entre semana.
Con el tiempo la familia se fue agrandando: María Pilar se casó con Mario Martín, y tuvieron al pequeño Luca; mientras que Luis se casó con Andrea Andrés y tuvieron a Luis y María; y por ende, también se agrandó el sentimiento. Ahora todos viven de continuo en el pueblo y no se imaginan un año sin Semana Santa. De hecho, parte de la familia acabó animando a Andrea, quien nunca se imaginó saliendo a procesionar. «No me quedó otra», cuenta ahora entre risas. «Siempre había dicho que no a tocar, nunca me llamó…Pero con los años eso cambió, te acaban contagiando. He llegado a salir estando embarazada, llevando una vela. Piensas ‘¿pero cómo no voy a salir?’. La Semana Santa es eso: familia», confiesa.
El aumento de los integrantes de los Palos Guijarro también trajo consigo una nueva cofradía, la de San Juan, de la cual Mario es presidente desde hace tres años. El resultado de ello es un ‘pique’ sano que se escapa por momentos. «Tú no te picas porque Andrea es de la misma cofradía, que si no..», bromea María Pilar refiriéndose a su hermano. Pero él lo niega, aunque sin dejar de lado las risas: «Tanto como si mi sobrino sale en nuestra cofradía, o si en cambio elige la de su padre, estaré contento. Y lo mismo con mis hijos. Lo importante es que participen como de verdad quieran».
De su infancia, ambos hermanos recuerdan con especial cariño pequeñas anécdotas vividas en las procesiones, con momentos que pasan desapercibidos de cara al público: «Había un bar que cruzaba la carretera, y la gente joven que iba pegaba monedas en la calle. Cuando tocábamos el tambor, los críos nos agachábamos para coger cien pesetas, incluso en mitad de la procesión». No olvidan tampoco aquellos preparativos en la casa de los abuelos, justo al lado de la plaza de los Arcos. «Sigue siendo nuestro punto de encuentro a día de hoy, y también donde dejamos los tambores y bombos. Muchos de la cofradía también hacen parada allí con sus instrumentos el día de la exhibición. Somos todos muy cercanos».
Y es que la figura de los abuelos sigue presente cada Semana Santa aunque otras tantas cosas hayan cambiado, con recuerdos especiales que siguen viniendo a sus cabezas a día de hoy. «La procesión del Entierro de cada Viernes Santo pasa circunstancialmente por la casa de mis abuelos paternos. Tenemos un toque de canción de la corneta que precisamente se llama ‘El abuelo’, y que inevitablemente me recuerda al mío, que además fue fundador de nuestra cofradía», añade Mario.
A todos les resulta difícil elegir una procesión sobre otra. Hay quien también se queda con la del Entierro, «porque si no sales en esa casi te queda una espinita clavada», y quien, en cambio, prefiere los minutos antes del Romper la Hora, con los nervios y el mismo sitio de siempre esperándoles en la plaza.
Aunque todos coinciden en que si hay una Semana Santa que hayan vivido pasada por emociones, esa fue la primera que tuvieron sin Luis. «Falleció cinco días antes, por lo que fue totalmente atípica. En nuestra cofradía somos relativamente pocos, y siempre nos ponemos donde nos podamos ver, pero ese año nos faltaba un hueco. Fue dolorosa, aunque nos sentimos arropados. El minuto de silencio en la plaza fue muy emotivo para todos», cuenta su hijo, Luis.
Porque cuando alguien se va, en ocasiones uno ve muy difícil seguir. «Hay lugares…cosas que ya no haces porque te remueven demasiado», explica la familia. Pero con el tiempo, el recuerdo de lo vivido con aquellas personas consigue que el amor se multiplique, y nos anima a continuar, sobre todo cuando hay pequeños que ya están unidos a la tradición prácticamente desde que nacieron.
El mismo día de la foto, entre medio del lío de preparativos, el pequeño Luca aprendía a tocar la corneta con su padre. Su primo Luis, en cambio, se emocionaba por volver a vestirse con la túnica después de salir el año pasado en todas las procesiones, mientras que su hermana, la pequeña María, no perdía detalle desde los brazos de su madre. «El año que nació Luis participó conmigo en el Drama, en mis brazos. Este año veremos cómo nos organizamos los tres», afirmaba entre risas Andrea. Porque con niños, esa fiel imagen del relevo asegurado, la forma de vivir la Semana Santa no solo cambia, sino que mejora. «Es muy emotivo verlos vivir estos días. El cese del toque, por ejemplo, incluso nos gusta más gracias a ellos», concluye Luis.









Grande Luis